A MANERA DE PRETEXTO (O DE CÓMO SEGUIR)

 

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© Santiago Torralba

Diario intermitente *

Los diarios son como radiografías. Yacimientos secretos de los que salen al exterior, a poco que se profundice, vestigios y huellas clandestinas que hablan de uno mismo. Unas veces son evidencias claras; otras, las interpretaciones son un poco más farragosas y hay que cavar más hondo. Incluso uno mismo tiene que realizar en algún momento ese trabajo de introspección a los acontecimientos propios porque al repasar, al releer, al volver a mirar, van apareciendo cosas y configurándose evidencias que estaban ahí, en estado latente, descansando y esperando una nueva oportunidad para salir a la luz.

El Diario intermitente no es precisamente el jardín de las delicias. Es más bien una especie de paseo por el borde del abismo o al menos por sus alrededores; un canto secreto (o no tanto) a la melancolía y tal vez una querencia encubierta que se inclina por las tardes del lado de la tristeza, pero es una parte inseparable de mí mismo: como un desgarro que se arrastra y no consigue desprenderse nunca. Tal vez haya quien mantenga que la realidad es algo independiente que se muestra de forma autónoma tal cual es, pero la verdad es que esto no es del todo cierto. Todas las cosas, las formas, los colores y hasta diría que los olores, van transformándose, travistiéndose de cosas que constituyen, ineludiblemente, el ropaje propio con el que nos mostramos; un escenario en donde van sucediéndose los acontecimientos que como reflejados en espejos invisibles (a veces esperpénticos como los de Valle en el Callejón del gato) van formando lo que somos. Las cosas están ahí, unas inertes y otras volubles, pero es nuestra mirada la que sustantiva las sensaciones y las adhiere a la piel, la que reviste el cuerpo con ropajes propios, la que inyecta emociones y la que, en fin, enmarca y tiñe las formas y los espacios. En la morfología de la mirada se abre un mundo amplio, amplísimo, donde lo conocido y lo cotidiano se trastoca en aventura permanente que no sabe de horizontes. Tampoco de límites. Esta vez no se trata de sueños, ni de quimeras, ni de deseos imposibles que conviven con el insomnio. Son los ojos propios los que van escribiendo sensaciones al dictado de no se sabe bien qué mandamiento. Lo hacen, en cualquier caso, en páginas etéreas que se cuelan por las rendijas y se acomodan en cualquier oquedad. Unas reconfortan, otras duelen, otras punzan… y entre todas van formando la comarca que nos acoge y que habitamos.

Es posible que en los tiempos que corren, no sea políticamente correcto reivindicar la mirada pausada, el paseo por las cosas, el reencuentro con las luces (¿o son las sombras?) y con la sorpresa.  Es la época de lo inmediato, del usar y tirar y de lo efímero. Es como si anduviéramos de paso por los sitios en un estado de turismo permanente hasta en los momentos y en las personas que constituyen nuestro más íntimo entorno, aunque tal vez por eso mismo, es hora de reconquistar la mirada y posar nuestra vista sobre las cosas que, en definitiva y para mal o para bien, van conformando lo que somos.

*Retomo el prólogo escrito para mi trabajo Diario intermitente, publicado en 2014

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