No siempre es fácil soportar la poesía…

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© Santiago Torralba

Que la lectura es uno de esos placeres cotidianos (¿acaso el más?) resulta tan evidente que no hace falta insistir y si alguien necesitara alguna explicación al respecto es porque todavía no la ha descubierto.

De todas formas, de vez en cuando (sólo de vez en cuando) salta la chispa y ese placer toma las formas de algo parecido al nirvana. Aparece sin avisar y se repite caprichosamente. No puedo hablar de todos, pero sí de algunos episodios memorables. Sucedió hace algún tiempo con Seda, de A. Baricco, o con Balzac y la joven costurera china de Sai Sijie; también, luego, con El color de la leche de Neil Leishon o con Toda una vida, de Robert Seethaler. Son esas pequeñas sorpresas que llegan desde los sitios más dispares: unas veces por referencias y otras por casualidad, como suelen ser las cosas grandes que insuflan el aliento necesario (¿o es porque el libro, en verdad, te reclama?).

En fechas recientes le llegó el turno a Jón Kalman Stefánsson. Primero fue La tristeza de los ángeles, segunda parte de la llamada Trilogía del muchacho. Con ese título el impulso de guardar el libro en la mochila (después de pagarlo), era inevitable.

Y llegó esa especie de éxtasis refrendado luego por Entre el cielo y la tierra (primera parte) y El corazón del hombre (tercera parte).

Hay libros que se leen deprisa; de una sentada. La trama puede con el tiempo y resulta casi imposible alejarse de ellos. Hay una necesidad imperiosa, casi vital, de averiguar cosas. Bueno, están bien y, como siempre, hay unos relatos buenos (los menos) y otros no tanto (los más). Otros que, tras la última página pasan a ocupar su espacio en la biblioteca y quedan olvidados (a veces, pocas, renacen).

A Jón Kalman Stefánsson hay que leerlo muy despacio y con mucho cuidado. Y esto sucede porque puede ocurrir que la prisa te haga leer por encima un párrafo cualquiera y en esa premura hayas perdido palabras: tragedia, porque sucede que aquí todas las palabras son imprescindibles. Como en un poema, porque, en definitiva, la Trilogía del muchacho no deja de ser un largo poema de versos en forma de capítulos. Por eso hay que pararse, retrasar la mirada de vez en cuando y volver a leer. Para empaparse y dejar que esas palabras penetren a través de la piel y se transformen en sensaciones innombrables.

La trama es lo de menos. De hecho, apenas si pasa nada. No hay incógnitas ni secretos que deban descubrirse. Puedes hacer la prueba y abrir una página al azar en cualquiera de los tres libros y dejar que las palabras te conquisten.

Y, ahora una advertencia extremadamente peligrosa: No siempre es fácil soportar la poesía, puede llevar a las personas a lugares inesperados. (La tristeza de los ángeles, pág. 225).

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