Ascensiones y cunetas

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Ascensión Mendieta tiene 91 años y acaba de recuperar el cuerpo de su padre fusilado por la dictadura franquista en 1939. Su terrible delito, ser de la UGT, sindicato (entonces) socialista.

Ascensión tiene el pelo blanco y un brillo en los ojos de esos que encierran vida y que destilan una atracción irresistible hacia la bondad absoluta. Una mirada en la que mirarse y dejar que su historia sea cada vez más cercana hasta convertirse en algo propio. Una historia de dolor y de impotencia, como tantas. La he escuchado en muchas ocasiones antes de ahora, resuelta y decidida en la búsqueda de los restos de su padre que convirtió en el motor de su vida a lo largo los últimos años. Cuando oigo a nostálgicos del franquismo y tantos políticos miembros muchos del Partido Popular (que viene a ser lo mismo), profanar el concepto de Memoria Histórica y escuchar de sus labios palabras como revancha, odio, desquite, rencor… pienso en Ascensión y acudo a su rostro para contemplarlo. Desde la más absoluta generosidad (que no se merecen los blasfemos) y concediéndoles, a pesar de todo, el beneficio de la duda, busco en la mirada de Ascensión y medito su testimonio, para encontrar algún atisbo, algún detalle que haga posible que actitudes como las que nombran esos desalmados para impedir que se siga buscando en las cunetas, se representen en ella y en lo que supone su determinación.

Después de Camboya, España es el país con más desaparecidos. No obstante, desde el gobierno (el de ahora del PP y los de antes del PSOE) se sigue manteniendo con dinero público (el que no está disponible para las inhumaciones), Valles de los Caídos, Fundaciones Francisco Franco y diversas organizaciones empeñadas en perpetuar per saecula saeculorun la memoria uno de los dictadores más sanguinarios de los últimos tiempos.

Cuando a Ascensión le confirman que los restos hallados son los que busca con afán, llora y afirma que por fin puede morir tranquila y que sus restos podrán descansar ya junto con los de su padre. Han sido muchos años de búsqueda y de frustraciones y la mediación porfiada de una jueza argentina, María Servini de Cubría.

A todos esos miembros del Gobierno y de otros partidos, quisiera preguntarles en qué parte de las lágrimas de Ascensión, pueden leerse los sentimientos de odio y rencor que arguyen machaconamente para impedir que tantas y tantas Ascensiones encuentren los restos de los familiares asesinados y  miserablemente olvidados en cunetas.

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