Y sin embargo se mueve

 

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© Santiago Torralba

La renuncia no formaba parte de un reto. En un principio, la cuestión me parecía tan baladí, tan sin sal, que ni siquiera merecía el honor del reto. Por no ser, no era ni siquiera renuncia. Simple y llanamente era una cuestión de falta de interés: no era algo que necesitaba.

El fenómeno se fue propagando en forma de epidemia. En realidad, de pandemia, porque los límites de su imperio empezaron a hacerse más y más invisibles. Como tantas cosas que nos han ido colonizando en los últimos tiempos, las fronteras, construidas de papel cebolla, no están preparadas para resistir los ímpetus de las modas y de las marcas.

Así su uso dejó ser de una herramienta más, para convertirse en algo absolutamente necesario. Masivo. Vaya, imprescindible. De pronto, después de miles de años años de historia, en unos pocos meses su uso se hizo tan obligatorio como respirar. Hasta tal punto que aquellos que nos habíamos quedado al margen, en la resistencia, comenzamos a ser considerados por el resto de la humanidad como bichos raros. Las caras y las expresiones de sorpresa primero y de incomprensión después, al comprobar que unos pocos (una insignificante minoría no peligrosa), no estábamos enganchados al sistema se multiplicaban exponencialmente.

El tiempo (poco) fue pasando. Tampoco voy a decir que somos perseguidos por la ley (por el momento), pero parece como que quedáramos relegados al progreso, alejados de la civilización. Inexistentes. La inquisición condenaba a los pecadores a llevar sambenitos; caperuzas y túnicas estampadas con colores vivos para que no pasaran desapercibidos. Grandes cruces rojas a la espalda marcando públicamente su culpa: esa era su condena: el escarnio, el exilio interior y la vergüenza. Los leprosos confinados en territorios remotos y prohibidos. Endemoniados.

Vale, vale, de momento no hemos llegado a esos límites, pero quién sabe. La vida va tan deprisa que cualquier día esta pequeña tribu en vías de extinción de la que formo parte, seremos obligados a reconocer públicamente nuestras faltas. Desconozco los estigmas o la forma como seremos marcados. Prefiero no pensar en la cuestión ni, por si acaso dar ideas.

Galileo ante la amenaza de tortura, renegó de sus teorías acerca de la rotación de la tierra. Tras su condena, se quedó más ancho que largo diciendo: Eppur si muove (y sin embargo se mueve).

Ese es nuestro pequeño héroe: el espejo en el que nos miramos los que, a día de hoy, no tenemos wassap y seguimos sobreviviendo y afirmando que está científicamente demostrado no sólo que se puede vivir sin él, sino que en su ausencia la vida es mucho más placentera.

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