Micromachismos (o no tan micros)

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© Santiago Torralba

Vaya por delante y subrayado en rojo que no pretendo minimizar la tragedia de la violencia de género que cada año suma más y más mujeres asesinadas a manos de sus parejas sentimentales. Dicho esto, y por si no fuera suficiente lo remarco aún más, hay otras cuestiones que asoman de soslayo tanto o más graves porque en el fondo constituyen una especie de caldo de cultivo que genera y que fomenta la tragedia porque este inaceptable número de mujeres asesinadas no son más que la punta del iceberg de la cuestión. Me refiero a esa ingente cantidad de micromachismos con los que convivimos a diario en las actitudes, en los gestos y en el lenguaje y no me estoy refiriendo a la incongruencia del todos-todas, ciudadanos-ciudadanas o el ya famoso miembros-miembras que una ministra de, no precisamente ilustre recuerdo nos dejó como perla insuperable para los tiempos futuros.

No hay más que pararse cualquier día y dejarse llevar un poco por los sentidos. Y no, en este ejercicio no hay que detenerse en la publicidad porque en este terreno, más que de micromachismos habría que hablar directamente de violencia sexista habida cuenta del uso torticero y mercantil con el que se trata el cuerpo y la mente de la mujer. Esto solo en el caso de que los responsables de marketing les concedan a ellas el privilegio de pensar. Hablo de cosas más cotidianas en las que habría que detenerse un poco y observar. Comprobar cómo, por ejemplo, en los espectáculos, festivales y demás eventos es siempre la chica guapa con minifalda la que te conduce a tu asiento mientras que en la puerta es el hombre fornido el que te corta la entrada. Confirmar que, salvo alguna excepción, las portavoces de los Cuerpos de Fuerza y Seguridad del Estado que proporcionan datos a los medios son siempre mujeres y nunca hombres (supongo que una vez más, por aquello de la imagen) o que solo tres mujeres ocupan altos cargos de dirección en el IBEX 35. No frecuento los ambientes de la noche, pero me consta que aún hay discotecas y salas de fiesta en las que las mujeres entran gratis como reclamo, o lo que viene a ser lo mismo, como productos en oferta. Escasísimos son los jefes de prensa hombres de los políticos, campo este, abonado casi en exclusiva a las mujeres periodistas jóvenes y guapas que marcan el protocolo de sus jefes. Qué decir de determinadas profesiones a las que el acceso a las mujeres está casi vedado. Recientemente leía la noticia de un vuelo que tuvo que ser suspendido por un histérico pasajero que se negaba a viajar al saber que el piloto era una mujer o, sin ir tan lejos, la desconfianza que me consta que supone comprobar que son manos femeninas las que manejan el volante de algún transporte público. Estamos hartos de ver el cuerpo desnudo de la mujer como mercadería, pero surge el desprecio, el escándalo, es decir, la violencia, cuando una madre osa dar de mamar a su bebé en un lugar público.

Queda mucho por hacer por más que se nos llene la boca con palabras de igualdad. Son eso: nada más que palabras cuando en lo doméstico, en lo de cada día, el sitio de las mujeres sigue ocupando lugares de segunda categoría (en el mejor de los casos) y casi siempre en dependencia de los hombres. Luego, para más escarnio, están esos jueces y juezas impresentables que en un caso de violación avergüenzan a la mujer y la culpabilizan por no haber sido capaz de mantener las piernas cerradas.

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