De estupideces, bravuconadas y otros menesteres

 

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© Santiago Torralba

Acaban de llegar los calores y ya empiezan a contabilizarse los primeros muertos empitonados en las calles. Es la historia que se repite sucesivamente en un país que al parecer no conoce mejor diversión que correr delante de un toro y cuando puede, maltratarlo para chanza y jolgorio del personal. Supongo que es triste que una vida acabe en unos segundos zarandeada bajo las astas de una mole de quinientos kilos, o de trescientos, que al fin y al cabo, poco importa el peso de la muerte. Tanto como que cada año y en cada plaza de cada pueblo se asista verano tras verano a la tortura de un animal entre regocijo de guirnaldas, peinetas y sones del himno nacional, que para eso dicen que es la fiesta de la patria.

Dicen que son las tradiciones y que hay que mantenerlas. Vale. Dejemos entonces que la tradición continúe y sigamos quemando homosexuales y brujas en las plazas públicas (más de uno quisiera, me temo), dejemos que perviva el derecho de pernada y que el señor del lugar se encargue de desvirgar a las jóvenes casaderas, no consintamos que las mujeres trabajen fuera de casa y mucho menos que voten, defendamos la ablación como costumbre milenaria en el centro de África. ¿Más tradiciones…?

En esas incongruencias bárbaras llamadas encierros, unos quieren inmortalizar su hazaña y echan mano del teléfono para hacerse un autorretrato e ir de valientes (un selfie creo que se dice ahora), otros, ancianos o casi, sin reflejos para apartarse a tiempo de la bestia y supongo que todos ellos, enardecidos y regados en alcohol como debe ser, porque tampoco aquí, en esta geografía nuestra, se concibe fiesta sin borrachera ni comas etílicos, sea esta de origen religioso o profano, porque tampoco los abusos entienden de creencias ni filiaciones. Es la ignorancia: el peor mal de, al menos una parte, del género humano.

Tengo que reconocer que cada vez que salta a las páginas de los periódicos o a las pantallas de televisión una noticia de este tipo, me estremezco y me pregunto hasta dónde puede llegar la estupidez humana. No sé si la vida merece la pena vivirla o no. Dejo la cuestión para las conciencias de cada uno, pero lo que sí sé seguro es que hay otras formas de jugársela menos necias. ¿De qué se trata? ¿De demostrar la hombría?, ¿De aparecer como un bizarro y aguerrido caballero frente a la dama que contempla el espectáculo desde el palco?

Si tuviera poderes los resucitaría y les daría de palos por tontos, por idiotas, por majaderos. Luego los mandaría a casa, castigados en la esquina cara a la pared con orejas de burro. Sólo por aquello de mantener las tradiciones, por supuesto.

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