Carta a una mujer asesinada

 

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© Santiago Torralba

Todavía no lo sabes, pero dentro de poco, vas a morir: tu marido va asesinarte. Es posible que alguien lo nombre como homicidio, o como crimen de género, pero no, tu muerte será un asesinato en toda regla con todo tipo de agravantes. Ahora te sientes amada, deseada y todos esos halagos que él te regala hacen que tu vida esté colmada de proyectos y de ilusiones. Te mima, te agasaja y te dice palabras hermosas al oído que te estremecen. Le gusta que te pongas guapa para sus ojos. Tal vez por eso a ti no te importa estar dispuesta siempre: haces la compra, preparas la comida y te encargas de la limpieza de la casa. Esas son tus obligaciones, aunque trabajes también fuera de casa. Por supuesto te ocupas de que toda su ropa esté siempre perfectamente planchada. No le gusta ver arrugas en sus camisas y a ti no te importa dedicarles el tiempo necesario para que estén impolutas. Es tu hombre y te quiere. Tu amor es intenso.

No te imaginas que todo va a cambiar y que tu vida va a convertirse en un infierno que sólo tendrá su final con tu propia muerte, pero eso sucederá después.

Cualquier mañana va a enfadarse porque no te levantaste antes que él para preparar el desayuno. Todavía no va a gritarte. Si acaso va a levantar un poco la voz y va a marcharse al trabajo dando un portazo. Lo quieres tanto que puede que te sientas culpable de su enfado y te prometes a ti misma que esos descuidos no volverán a repetirse. Luego, cualquier otro día, va a volver a regañarte porque quedaste con tu amiga del alma para tomar café y hablar de vuestras cosas. Llegas tarde a casa y además no encontró en el frigorífico cervezas frías. Dónde cojones estabas. De dónde vienes con esa pinta que pareces una puta. Ya te grita aunque todavía no llega a amenazarte. Te encuentras mal y vuelves a sentirte culpable. Los mimos han empezado a trastocarse en reproches por todo, pero tú callas. Llegas a pensar que tal vez tenga razón. Puede que sea un poco exigente, pero sé que me quiere.

Una noche va a llegar tarde y más cargado de alcohol que de costumbre. Lo esperabas despierta porque sabes que le gusta, casi te lo exige, pero muerta de sueño y aburrida, te has ido a dormir. Cuando se echa en la cama apesta a alcohol y quiere sexo. Pero tú no estás precisamente para fiestas. Da igual. Él está caliente y quieras o no va a follarte por mucho que a ti no te apetezca. No te molestes en llorar porque no va a servirte de nada. Puede poseerte siempre que quiera. Eres suya. Propiedad privada. Te abrirá las piernas y se correrá dentro de ti lo quieras o no ¿O es que no te acuerdas de lo que te dijo el cura en el altar?: las mujeres que se sometan a su marido en todo…  Sentirás asco y es entonces cuando de verdad vas a empezar a vivir su violencia. A partir de ahí todo será como un volcán dormido que por fin entra en erupción. Los gritos empezarán a ser constantes y los insultos y las amenazas van a repetirse con demasiada frecuencia. Tú vas a aguantar. De vez en cuando se arrepiente, te acaricia, te besa, lo siento cariño, perdóname, te juro que no volverá a suceder…  y tú vuelves a fantasear con aquellas cosas maravillosas de entonces. Con tu vestido blanco y con tus sueños.

Un día cualquiera vas a sentir la primera bofetada y sabrás de ese dolor que se trasmite desde tu cara a todo el interior de tu cuerpo. Quema. Una carantoña y vuelta a empezar.

Pero lo difícil es siempre la primera vez. Luego es todo más sencillo, se hace costumbre. La primera agresión va a ser sólo un nuevo principio porque después llegarán otras, muchas más, hasta que te dé la primera paliza que deja marcas en tu cuerpo. Tu vida va a empezar a ser un infierno. Tal vez te armes de valor y le cuentes la tragedia que vives a tu amiga. Te insistirá en que presentes una denuncia, pero tú no vas a hacerlo. Él insiste en que va a cambiar y tú crees en sus palabras. Quieres creer al menos. Aguantas. Aguantas. Aguantas. Acudir a la policía es, además, una vergüenza por la que no estás dispuesta a pasar.

A estas alturas todavía no sabes que el que fuera en un tiempo el hombre de tus sueños va a asesinarte. Una nueva bronca, unas cuantas copas y va a empezar a escribirse el final de la historia: agarrará un cuchillo y se ensañará en tu cuerpo. Pero eso aún ni te lo imaginas. Cambiará, estás segura y todo será como al principio. Volverás a pensar de nuevo que tal vez él tenga razón y el problema es que tú no haces las cosas demasiado bien. Porque te quiere.

Ha llegado el día. Nada distinto a lo sucedido en los últimos tiempos es presagio de la tragedia, pero va a ser hoy cuando finalice tu pesadilla. Esta noche tu marido va a asesinarte. Ya no necesita ningún pretexto para vomitar su violencia. Se llenará de odio y cuando rechaces su cuerpo maloliente, sólo conseguirás encender su venganza. Después de tirar la mesa por los suelos va a pegarte más fuerte que nunca. Una bofetada, un puñetazo, otro, otro… Tal vez desde tu resistencia llegues a plantarle cara y a insultarlo, a defenderte, pero eso no hará más que acrecentar su locura. Desde el fondo de su ira va a coger un cuchillo y te lo va a clavar en el primer lugar que alcance su brazo. Sentirás una puñalada, otra, otra… el calor de la sangre que corre por tu vientre. Entonces te abandonas y ya no gritas. Estás vencida. Ahora sí que sabes que ha llegado el final. Apenas si percibes dolor, pero el rostro de la muerte comienza a dibujarse en tu mirada. Sin darte cuenta estás muerta, aunque él siga agujereando como un poseso tu cuerpo inerte que ya no siente. Quizás luego él va a suicidarse con el mismo cuchillo o arrojándose al vacío, pero su muerte no va a devolverte la vida. Serás un número más en la estadística.  Eras su propiedad. Eras una mujer. Esa fue tu condena.

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