Shostakóvich o el color de la amargura

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© Santiago Torralba

Si alguien quiere sentir el silencio rasgado que provoca una música, solo tiene que escuchar el cuarteto número quince de Shostakóvich. Tal vez no sea suficiente con una primera audición, porque como sucede con las cosas grandes después de la fascinación se hace necesario un trabajo de asimilación. A veces arduo.  También porque las sensaciones que destilan las cuerdas en su honda espiral de tristeza son tantas y tan punzantes que primero asombran, luego desconciertan para finalmente, quedarse y conquistar todo el territorio.

Dmitri Dmítrievich Shostakóvich fue un músico en perpetua contradicción y tal vez por eso su música tiene tan marcado el color amargo del dolor. Atrapado por un estalinismo feroz del que no pudo escapar, vivió encerrado en un océano revuelto por las negaciones de sí mismo. Atormentado. Más allá del espejo que le devolvía su rostro, se escondía un ser lleno de sufrimiento incapaz de romper con las ataduras del poder soviético de la época. Primero la persecución por el “formalismo” de su música que conllevó la prohibición absoluta de muchas de sus primeras obras: el peligro se saber que su vida pendía de un hilo extremadamente débil y sujeto al capricho de la nomenklatura. El miedo de escuchar una llamada en la puerta en mitad de la noche y saber que es a ti a quien buscan. Tal vez para no regresar jamás. Después tras idas y venidas, el éxito, el reconocimiento de los  grandes premios oficiales y la obligación final de afiliarse al Partido Comunista su mayor desafío porque el mero hecho de que Stalin se fijara en tu persona era mucho más peligroso que una existencia de oscuridad anónima.

La novela de Julián Barnes El ruido del tiempo *  que ha publicado recientemente Anagrama habla de esa vida cargada de negaciones, de huidas y de trincheras. Habla del hombre que no podía vivir consigo mismo (…), del hombre partido en dos por un hacha (…), del hombre triturado en cien pedazos de escombros que intentan en vano recordar cómo se habían ensamblado en otro tiempo.

No sé si es de ahí de donde nace la seducción por los hombres y las mujeres que sobrevivieron (que sobreviven) en constante contradicción; las vidas difíciles, las vidas de los que tienen que recurrir a las máscaras para poder sobrevivir entre tanto conflicto al cerrar las puertas de sus casas y dejando atrás todo aquello que les hace libres. Aunque eso los llene de amargura.

Quizás porque conozco esas contradicciones, quizás porque tampoco los espejos me devuelven la imagen deseada, quizás, también, porque la música de Shostakóvich es lo más parecido al ulular de los huracanes  al vaivén de las tormentas. Pero también porque es como el silencio sublime de las noches de los desiertos.

* Gran parte de las anécdotas de esta novela proceden del libro Maxi i Galina Shostakovichi. Nasj oets, Nash oets DScch. de M. Árdov. Zajarov, 2003, publicado en castellano por Siglo XXI en su colección Papeles del este. Madrid, 2006. En este libro se recogen testimonios familiares y vivencias de los dos hijos de Shostakóvich Maxi y Galina.

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