El instante decisivo (o no)

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© Santiago Torralba

No quisiera yo enmendarle la plana a alguien tan grande como Cartier-Bresson y su mítico intento de captar en sus fotos el instante decisivo. Entre otras cosas porque inmortalizar y hacer que permanezca para siempre encerrado en un rectángulo de papel ese momento en el que se desencadenan las historias está solo al alcance de los grandes maestros como él. También otros tuvieron esa capacidad de sorpresa, como Català Roca, por ejemplo. Pero antes o después de ese reflejo muscular que hace que se abra el obturador hay más. Así como tantas veces no importa tanto el llegar, sino que es más fascinante lo que se encuentra en el camino, también en las fotos esperan otros momentos que sin llegar a ser ese punto de inflexión y sin subirse al podio de lo magnífico, están plagados de historias trasversales. Tal vez sean imágenes más difíciles para el que mira o con unas lecturas más complejas, más subjetivas; imágenes seguramente más íntimas, menos espectaculares sin duda.

La fotografía es una forma de contar historias. Un reto que va mucho más allá del uso compulsivo de los teléfonos móviles que subyugan la mirada y la reducen. Ahí está la realidad, las realidades habría que decir, y el fotógrafo, armado con su cámara, pertrechado en la trinchera de su mirada y convertido en voyeur recoge instantes en forma de relatos visuales. La cuestión no es peliaguda y si difícil es congelar esa fracción de segundo definitiva, más aún, si cabe, es ir más allá y ser capaz de descubrir qué es lo que hay detrás de ese clímax y además contarlo en una fotografía. No se trata pues de intensidad y mucho menos de casualidad. Es más bien ponerse a la espera, escribir con la mirada y ofrecer el relato.

Cuando fotografío danza, huyo todo lo que puedo de lo espectacular, de las cabriolas, de las grandes piruetas que hacen que los bailarines vuelen como si fueran seres volátiles, entes etéreos que desconocen la gravedad. Busco entonces los otros momentos cuando ellos se contienen y el sonido calla, cuando se mimetizan en el suelo y extienden sus brazos como queriendo trepar a un universo que al resto de los mortales se nos escapa. O dejar que en un segundo, con el obturador abierto, se dibuje en la cámara el vuelo de sus cuerpos. Igual en la música. No me interesa especialmente la espectacularidad de la orquesta, el volumen. Me siento por eso más cerca de un arco que acaricia una cuerda, de un movimiento que siente, de la posición de una mano en un mástil que vibra una nota larga. El gesto mudo de un director que con un parpadeo pone en sus manos a sesenta seres humanos que tocan al unísono. Un dedo que presiona una tecla o una lámpara que dibuja un contraluz.

Es como fotografiar el silencio, porque en definitiva es el silencio el que sostiene la música y porque es en silencio como deben de contemplarse las imágenes que se alojan en la memoria y que se quedan habitándola para siempre.

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