Elena Ferrante o el dolor de las ausencias

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©Santiago Torralba

Que los libros tienen vida propia es cosa bien sabida. Pueden permanecer medio escondidos en las estanterías durante tiempos ilimitados hasta que un día, sin saber por qué, recobran el aliento, arrancan un aullido desde las profundidades y reclaman su presencia. Unas veces lo hacen con insolencia, otras con urgencia, otras sencillamente por una necesidad de la que nada se sabe.

Algo parecido es lo que ha sucedido con la misteriosa Elena Ferrante (cuyo rostro nadie, excepto su editor, conoce) y su tetralogía napolitana. Leí su primera novela, La amiga estupenda nada más publicarse en España y he de reconocer que esa primera lectura me dejó frío volviendo pronto a ocupar su sitio en la biblioteca como tantos libros que nunca llegan a marcar su territorio. Pero claro, de pronto sucedió lo inevitable. Esa existencia latente emergió a la superficie y entonces sí: de las palabras surgieron los abrazos, los embrujos y la seducción que página a página iba conquistando las regiones más íntimas.

Por eso he pasado diez días sumergido en las calles de Nápoles conviviendo con Linù, con Rino, con Pascuale, con Enzo… y con un sinfín de personajes que han ido haciéndose más presentes en cada párrafo hasta llegar a sentir olores y dolores. También ausencias. Pero sobre todo con Lila: la auténtica fascinación, el verdadero enamoramiento. Porque en realidad, aunque es Linù quien lo cuenta y es a través de su vida por donde respira el resto de personajes, todo gira en torno a esta mujer cautivadora que es capaz de absorber cualquier aliento. Lila: la mujer sobre la que recae el peso íntimo de las palabras, la que cimienta toda la trama y la existencia misma de la novela. Una mujer intensa con una presencia constante; en todos los lugares, en todos los acontecimientos, en todos los amores y, como no podía ser de otra manera, en todos los desamores. Unas veces de forma real, con palabras, y con gestos y otras desdibujada y latente, pero extendiendo un manto de poder bajo el cual se construye cualquier acontecimiento. Sin Lila, Lilù, medio feminista, medio marxista, medio subversiva… no es nada.

Luego, claro está, más cosas, muchas, que van fluyendo y conformando un corpus repleto de intrigas, corruptelas y fracasos. Política, mafias, enredos, reivindicaciones, feminismos, machismos, maternidades, ausencias… que van adornando la absoluta presencia de Lila con momentos especialmente dolorosos como el estado de locura en el que queda sumida tras la desaparición de su hija. Porque ella es la que da cohesión a todo, la que sostiene todo, la que unifica todo y porque sin ella las palabras se derrumbarían por inconsistentes: un juego de farándula. Pero, precisamente esas son las armas de los grandes escritores: ser capaces de sacar de la nada una estructura firme por la que se asoman y crecen el resto de las cosas. Al fin y al cabo, una novela no es más que un inmenso mecanismo con capacidad de abducción en función de su engranaje. Es sólo eso y nada más que eso. Con su poder y su potestad de conquista.

El final es lo de menos. Con Kavafis, lo verdaderamente importante es el camino y haber convivido con Elena Ferrante, quien quiera se sea, se convirtió en una experiencia inolvidable.

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