Nuevas novelas, nuevas vidas

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©Santiago Torralba

Aún hoy, enfrentarse a una nueva novela sigue pareciéndome sobrecogedor. Es el inicio de otra aventura que se ofrece virgen, gigantesca y como tal, todo el entorno se prepara para un viaje desconocido cuyos derroteros se aparecen como una tremenda incógnita por la que adentrarse; un infinito desconocido que al cabo de unos pocos minutos va a empezar a conformarse desde las palabras escritas por alguien del que, seguramente, no sabes nada. Por eso siento una inmensa curiosidad y una especie de ansia me posee cuando tengo el libro entre mis manos.

Acaricio el lomo, abro la cubierta y comienzo a pasar muy despacio las páginas de cortesía. Esas páginas en blanco son como un desierto dispuesto para la aparición de los oasis en los que se sabe que brota el agua. Luego los créditos, la dedicatoria… un momento de respiro y me lanzo al primer párrafo (al vacío) entre una mezcla de avidez y deseo que ya no tiene vuelta atrás. Como el viajero que pisa fuerte el estribo del tren. No mira atrás, toma impulso y una vez que ha decidido la partida ya no puede bajarse en marcha. A partir de ahí comienza a abrirse un mundo desconocido por el que van desfilando historias nuevas y personajes que toman vida hasta que se sienten como propios. Los nombres que los habitan nacen en cualquier edad, con cualquier sexo y en los lugares más dispersos, pero se van gestando en nuestra memoria, van creciendo y tomando cuerpo hasta anidar en nuestros ojos y hacerse presentes en toda su dimensión.

El resto del mundo es como si desapareciera, o al menos como si se hiciera transparente, casi invisible para dejar el espacio necesario en donde respiran los otros universos, las otras pasiones, los otros amores y desamores, las otras sombras que se van configurando a medida que avanzan las páginas. En esa impaciencia no me gusta demorarme y el tiempo deja de ser el cautivo que fue para convertirse ahora en cómplice. No diré cuál fue la última, o la que en estos momentos me alienta, al fin y al cabo, me pasa con casi todas.

Leer es la savia necesaria por la que transcurre la vida entre capítulos. Aunque sea la de los otros, los desconocidos, los imposibles. Aunque todo sea ficción que se traviste en signos que rellenan hojas. Allí, las respiraciones y los olores, los dramas y los afectos, las risas y los llantos se revisten de un hálito que les confiere la verdad de la existencia.

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