De profesión, reina consorte

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© Santiago Torralba

Leticia Ortiz, de profesión reina consorte, ha intercedido para que Ismael, un niño gallego acceda al tratamiento en la Sanidad Pública de la Xunta para controlar su grave enfermedad que le impedía crecer y desarrollarse normalmente. Lo leo en el diario Público. Vaya por delante y de la manera más contundente posible para evitar cualquier mal entendido, mis felicitaciones a Ismael y los deseos, supongo que unánimes, de que ponga fin a su discapacidad gracias a un tratamiento público al que hasta ahora no tenía acceso por una cuestión de percentiles.

Hasta ahí todo bien. Lo grave del caso son las formas y lo que queda en la trastienda de tan feliz historia. Es como si volviéramos a los gloriosos tiempos del imperio romano cuando los césares eran dueños y señores de bienes y de personas (igual que ahora el IBEX 35, vaya). La vida entonces dependía solo de una decisión de tan regias personas: un capricho, una ocurrencia. El pulgar en alto significaba a vida; hacia abajo, la muerte.

La Sanidad Pública gallega ha cambiado sus protocolos y sus normas por la sola intervención de los monarcas; vamos, que los han puesto firmes. No lo han hecho por una cuestión de urgencia, de justicia o de equidad. Ni siquiera de humanidad, me temo. No: la Casa Real se pone en contacto con las autoridades competentes y a partir de ahí, por su magna intervención, se desencadena todo el mecanismo que posibilita el tratamiento de Ismael. ¡Zas! Lo que un día era imposible, de pronto puede llevarse a cabo sin problemas. Los demás, los que no tuvieron la ocasión de romperle el corazón a Leticia Ortiz, de profesión reina consorte, pues que se jodan; que sigan esperando y aguantando con sus dramas particulares y si tienen prisa, pues que se paguen un tratamiento privado. Y si tampoco pueden, pues que se mueran.

Así están las cosas. El derecho a la atención sanitaria gratuita no depende, al parecer, de los ingresos económicos, ni de la gravedad de las enfermedades, ni de los tratamientos, ni de la urgencia de los mismos… Solo depende de la suerte que tengas de coincidir con un hada madrina, de profesión reina consorte, que con su varita mágica convierte las calabazas en hermosas carrozas. Ni siquiera se acabará el hechizo cuando den las doce. La salud de un niño no por el derecho que le corresponde ni por igualdad. La vida no por razones legítimas, ni por ecuanimidad: la vida y la salud por el capricho momentáneo de quien lo manda todo. La vida en las manos de quien hace deshace en virtud de su potestad.

Pero claro, para eso ellos son los reyes y nosotros los súbditos. ¿O es que acaso alguien pretende a estas alturas de la historia que todos seamos iguales? Fueron felices y comieron perdices, pero no todos. Otros, los cientos o miles de personajes secundarios, se tuvieron que conformar con las sobras y con el olvido.

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