Yo también me quiero morir así

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© Santiago Torralba

Jane Little, contrabajista nacida en Atlanta en 1929, ha fallecido a los 87 en pleno concierto abrazando lo que constituyó el sentido de su vida: el contrabajo. Y tocando, como no podía ser de otra manera, música americana. Cosas que pertenecen a eso que llamamos “destino” aunque no creamos en él. Es muy probable que la noticia haya pasado desapercibida, aunque yo la recojo del diario El País. De hecho, en las redes sociales no he visto ninguna entrada que haga referencia a ella y claro, si no se ve en Facebook, en Twitter o en Instagram es como si nunca hubiera sucedido.

Pero sí, Sucedió. Fue una mujer pequeña (como su apellido) de apenas metro y medio de estatura que tocaba un instrumento grande, grandísimo, lo que imagino que le supuso una dura carrera de obstáculos y un reto diario plagado de dificultades. No sólo por las dimensiones tan dispares (él y ella), sino también por ser mujer, cuestión ésta que, aunque en asuntos musicales ha quedado a veces, sólo a veces, un poco al margen de las discriminaciones de sexo, es seguro que le proporcionó un montón de zancadillas en su dilatada carrera. Digo a veces porque tampoco hace tanto que, por ejemplo, en la Sinfónica de Berlín o en la de Viena, el acceso a los atriles de las mujeres estaba vetado por los grandísimos directores, esos que parece que mean Chanel nº 5. No hablemos ya de las dificultades tremendas que tienen todavía hoy para subirse a la tarima con la batuta en la mano para dirigir orquestas. Y es que hoy, aún hoy, asistir a un concierto sinfónico dirigido por una mujer constituye sin duda una sorpresa. Agradable, pero sorpresa al fin y al cabo por lo extraño.

Esta señora era, como puede deducirse de las fechas, la componente más antigua de la orquesta tras debutar en los escenarios con 16 años en 1945. Vamos, ayer como quien dice. Toda una vida yendo de partitura en partitura, de clave en clave y de escenario en escenario arrastrando (literalmente) su descomunal instrumento que, dicho sea de paso, en la actualidad, es cada vez más frecuente verlo susurrar por manos femeninas.  Su arco era prolongación de su brazo derecho y los dedos de su mano izquierda recorrían el diapasón como si lo hubieran habitado desde siempre. No creo que concibiera la vida fuera de las cinco líneas del pentagrama ni que su cerebro fuera posible concebir un sonido fuera de la gravedad de lo que conformaba el inmenso territorio de su contrabajo.

Cuando la muerte llega, te reclama y te encuentra de pie transitando por lo que ha sido tu única geografía, en el entorno que ha arropado todos los anhelos y las ansias, o inmerso en la comarca que ha sido la casa habitada, no cabe más que recibirla, aunque sea de soslayo y sin que nadie lo oiga, con una pequeña reverencia o un abrazo de bienvenida. Alejada de las gomas de los hospitales y de la soledad verde de los quirófanos, a la muerte entonces se le recibe como a un invitado que llega a acompañarte. Sin traumas, sin arrepentimientos, sin desconsuelos.

Seguramente en esos, sus últimos momentos, los vientos, las cuerdas… toda la orquesta al completo tocaba un acorde en tono mayor que es el color que tienen las victorias. Por eso, yo también me quiero morir así.

 

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