Ecologistas de salón

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© Santiago Torralba

Hay dos tipos de ecologistas. Los que llamo de salón y los que hacen de su ideología una forma de vida rebelde y reivindicativa. Evidentemente, la simpatía que tengo para con los primeros es bastante escasa (me puede mi generosidad). Sobre todo desde que colaboré hace ya algún tiempo con alguno de ellos en un reportaje por tierras manchegas. En el coche llevábamos una avutarda congelada (sí, congelada) que se depositaba con primor debajo de tendidos eléctricos como si la pobre ave hubiera sido defenestrada por ese invento del demonio llamado electricidad. También se satanizaban las ampliaciones de las carreteras que facilitaban el tránsito de los vecinos a la capital, porque mira, siempre se ha parido en casa y eso de ir en una ambulancia al Hospital no deja de ser una modernez en contradicción con el parto natural que es lo más sano y que más se lleva. Para ilustrar esas aberraciones asfálticas llamadas carreteras, pues uno se detenía en el arcén y con esas botazas (de marca, por supuesto) se desgajaban a patadas los límites del asfalto, se hacían los pertinentes plano y contraplano y se arremetía contra cualquier atisbo de progreso. Estos grupos (pandillas al fin y al cabo) suelen ser jóvenes adinerados a los que no les gusta encontrarse a gente paseando por el campo cuando ellos deciden alejarse de la polución ciudadana. Para ello, tampoco dudan en poner pinchos en los caminos o cables cortantes entre los árboles para que los descerebrados ciclistas se rompan la crisma. Todo mi desprecio.  (Vale, ya sé que no significa nada, pero lo digo y me quedo más ancho que largo).

Luego están los otros. Los héroes. Los que se suben a las torres a 80 metros del suelo y despliegan pancartas contra el capitalismo globalizante. Los que se juegan la vida en una lancha neumática en medio del mar y le complican la existencia a los grandes barcos balleneros o a las plataformas petrolíferas (esas que tienen en sus consejos de administración a antiguos políticos que se vanagloriaban de su izquierdismo). Los que se cuelan en las centrales nucleares enarbolando  palabras como únicas armas y las despliegan en los muros de hormigón donde se cuece la peligrosa energía. Los que ocupan un escaño en los hemiciclos públicos con el quijotesco afán (a veces tarea imposible) de que su voz se oiga, un poco al menos, entre tanto griterío inconsistente. Los David que se alzan contra Goliat. Gente como esta de Greenpeace que hoy ha tenido la gallardía (¿puedo decir “los cojones” sin que se me trate de sexista?) de desafiar al mundo subiéndose a las Torres Kio de Madrid (propiedad de Bankia nada menos) y desplegar una inmensa pancarta en contra del TTIP. O lo que es lo mismo, contra el abuso de pactos que no hacen más que fomentar (más aún) la supremacía de un comercio salvaje.

Para estos, toda mi admiración.

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