Votar o rebotar(se)

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© Santiago Torralba

 

Afortunadamente, después de unos cuantos años de democracia, el hecho de votar se ha ido convirtiendo con el paso de los años en una rutina que de vez en cuando tiene cita periódica en el calendario. Entre tantas llamadas a las urnas, qué duda cabe, de que ha habido motivos y ocasiones para hacerlo en un sentido u otro y también, por qué no, de abstenerse como una forma más de militancia.

Desde el no a la OTAN pasando en algún momento por la abstención, que me sigue pareciendo un derecho tan legítimo como el hecho de elegir y cumplir el rito, ha habido unas cuantas ocasiones para elegir opciones. Sí, lo reconozco, nunca pude votar afirmativamente a una Constitución que imponía en la jefatura del estado a una familia (con pocas simpatías por mi parte, dicho sea de paso) y que declaraba la figura del rey como inviolable y con derecho a sucesión en la figura del varón, pero bueno, eso es otra historia.

Que el resultado de los últimos comicios ha sido un fiasco es algo que hoy por hoy nadie discute. Fracaso no ya de la convocatoria sino por el hecho de comprobar la ineficacia de esos seres humanos llamados a ser representantes nuestros y que han hecho gala de una ineptitud sin límites para ponerse de acuerdo con negociaciones en las que han prevalecido sobre todo las ganas de calentar escaños y las ansias de acceder al poder por encima de esas cosas con las que se les llena en la boca en las tribunas públicas de vocación de servicio, sentido de estado y afán de lograr el bien común.

En esta mal llamada segunda vuelta (que no lo es), vuelven las dudas y las preguntas de difícil respuesta porque al hecho de su irresponsabilidad para llegar a alianzas que pongan fin a gobiernos rancios plagados de corruptelas, se suma ahora la evidencia de que ni siquiera consiguen llegar a compromisos para fijar presupuestos austeros y consensuados para la próxima campaña que se nos avecina. Ante la más que segura falta de mayorías absolutas y dado el espectáculo al que nos han sometido en las sobremesas desde el 20 D, la incertidumbre vuelve a ser protagonista porque ¿de qué manera van a solucionar sus diferencias (que son más suyas que nuestras, por cierto) y conseguir cierta estabilidad si no han sido capaces ni siquiera de recucir de forma importante la cantidad inconmensurable de euros que tendremos que asumir para la nueva avalancha, de mítines, promesas y desencuentros?

Acojonados estamos a las puertas de asistir a otro espectáculo de dimes y diretes, rectificaciones y contradicciones, escarnios y desagravios con el que nos han aburrido los últimos meses. Por eso, ¿votar? Seguramente que sí, pero mucho me temo que habrá que ponerse una vez más el traje de buzo con escafandra y todo para elegir una papeleta y salir del colegio electoral con una mínima sonrisa y una pizca de ilusión por el futuro.

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