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Después de tanto tiempo de ausencia supo de él por los periódicos. Era sólo una reseña escueta y unas iniciales casi anónimas, pero los detalles del suceso no dejaban ni un pequeño resquicio para el error. Además, había algo indescriptible en esa noticia, parecido a lo mágico; un imán transparente que había logrado punzarle el estómago como una descarga. Por eso las letras impresas habían saltado del papel en un sobresalto y se habían instalado desde el primer momento en su memoria sin darle tiempo a reaccionar. Primero fue una sensación parecida al estupor que se fue transformando en tristeza a medida que los recuerdos se iban confundiendo con el gris del papel. Las calles se transformaron entonces en inmensos laberintos imposibles por los que sólo circulaba el silencio. Callaron las sirenas de las ambulancias y los semáforos enloquecieron. Brotaron ayes del asfalto como surtidores puntiagudos de dolor.

La mujer caminaba indolente sosteniendo el periódico en su mano mientras que su mirada se perdía en un pasado que no lograba retener a pesar de los esfuerzos absurdos para recomponerlo. Recorrió todas las avenidas hasta la extenuación pero ni siquiera el cansancio logró devolverle la realidad que se había deshecho en un instante. Hubiera deseado llorar pero eran tantas las cosas que revoloteaban por su cuerpo y tan confusas, que ni siquiera las lágrimas hallaban el hueco necesario para sobrevivir.

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