Por qué me gusta Don Quijote

 

 

Me gustan las historias de perdedores y Don Quijote es, en este sentido, el gran derrotado de la literatura. Debajo de las risas circunstanciales de una lectura plagada de situaciones aparentemente cómicas, se encierra la figura de un perpetuo perdedor que acumula fracasos allí por donde pasa. Constantemente agredido por todos los que le rodean, sigue su camino y va sorteando como puede todas las chanzas y zancadillas de todos los que se encuentra en su aventura de deshacer agravios, enderezar muertos, enmendar abusos y satisfacer deudas. Desde la estúpida Ama hasta la Sobrina envidiosa y analfabeta pasando por la infinita crueldad de los Duques, sádicos además y desalmados, Don Quijote va acumulando una historia de desengaños propiciados por todo aquel que se encuentra en su cabalgar a lomos de su rocín antes. Solo Sancho permanece fiel aun cuando le vaya en ello su vida. Solo Sancho le pide a los pies de su lecho mortal que no desfallezca y que continúe por el mundo favoreciendo a los menesterosos. Mientras tanto, Maritornes,  Altisidora, el Bachiller Sansón Carrasco, el Cura el Ventero, Ginés de Pasamonte y toda la retahíla de personajes que van entrando y saliendo de la historia, han ido conformando una caterva de nombres con la única intención de la burla unos y de provocar el desfallecimiento otros.

De entre todos sobresale por su maldad sin par la Duquesa, desalmada protagonista que ocupa muchas líneas de la segunda parte. Su escarnio no llega en un momento concreto fruto de una situación jocosa, sino que va a ser consecuencia de toda una puesta en escena preparada con escrúpulo y dirigida exclusivamente por la extravagancia, a la mofa, la burla y a pisotear la dignidad de Don Quijote sometiéndolo al ridículo más estrafalario.  También para ella, Sancho no es más que un ridículo personaje que no va a librarse de sus iniquidades.

Salvo en algún que otro suceso como la aventura de los leones o el enfrentamiento con el Caballero de los Espejos (el Bachiller), donde más bien por la casualidad nuestro caballero va a salir indemne, la derrota es la única consecuencia que va a encontrar en su afán por hallar e impartir justicia allá donde fuere. La vuelta a la aldea tras el desafío del Caballero de la Blanca Luna (Sansón Carrasco de nuevo) es rápida y Cervantes no se entretiene ya en demasiados detalles. Ya no son posibles más descalabros en un cuerpo quebrado por el fracaso. Ya la derrota es el único color de su armadura y ya sólo Sancho es el apoyo incondicional en el que resguardarse.

Menos mal que al menos, o sobre todo, nos queda su locura.

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