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El hombre cruza la calle con una indolencia inusitada que provoca algo parecido al dolor. No hay semáforos, ni sirenas. No hay ambulancias que distraigan su paso automático. Los brazos caídos a lo largo del cuerpo hacen de su imagen lo más parecido a un roto pelele abandonado. Embriagada su vista, camina envuelto en una parsimonia triste siguiendo una línea matemáticamente recta que parece que no llega a ningún sitio. Se sienta luego en un banco y abre un libro que sólo contiene páginas en blanco desgastadas por los bordes de tanto pasarlas. Parece que lee atentamente, pero allí no hay signos que formen palabras ni números que indiquen la secuencia de las hojas. Una a una las pasa y permanece atento a la nada que sostiene entre las manos. Pasado un tiempo se levanta y lo deja caer en la primera papelera que se encuentra. Sigue caminando hasta que en la distancia se hace invisible. Luego llegan desde lejos el estruendo de las bocinas y los gritos de la gente.

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