Por sus hechos los conoceréis

Jorge María Berlogio, el Jefe del Estado Vaticano más conocido por Papa Francisco ha decidido no otorgar credenciales de embajador al francés Lauren Stefani, de 56 años. La razón es que al parecer, su condición de homosexual le incapacita para ejercer la labor diplomática en el estado que preside.

Este señor, Berlogio, también es el Jefe de Estado de la Iglesia Católica que agrupa una cantidad nada despreciable de 1254 millones de personas en todo el mundo. En los últimos tiempos desde que ocupa eso que llaman la Silla de Pedro, y se convierte en vigía de nuestros destinos, se ha caracterizado por declaraciones que, al parecer, suponen una apertura ideológica en la Iglesia que preside y sus feligreses (pues así se hacen llamar), eso sí, unos más y otros menos, se alegran de lo que afirman convencidos que es un cambio de dirección en los hasta ahora impenetrables designios vaticanos.

Tengo que reconocer que viniendo de donde veníamos, sus palabras alentaban también a los que no pertenecemos a ese grupo. Los Papas anteriores se caracterizaron por un, no ya estancamiento, sino más bien por una regresión en lo que ha sido la línea de pensamiento de la jerarquía católica a lo largo de dos mil años, salvo alguna que otra honrosa excepción (Juan XXIII). Desde los que apoyaron directamente el nazismo (Pío XII) hasta otros más recientes que condenaron a las llamas del infierno a todo aquel que osara apartarse un ápice del camino marcado, desde la Teología de la Liberación, por ejemplo, o que se dedicara al vicio y a la concupiscencia con el uso pecaminoso del preservativo (Juan Pablo II). El SIDA era al parecer lo más parecido a un castigo divino y la única penitencia para tan grave falta, que cerraba las puertas de la vida eterna, la abstinencia.

Tal vez por eso, cuando este Papa comenzó a hacer declaraciones, todos nos sorprendimos y teniendo en cuenta su poder (sobre todo en las conciencias) y aunque no perteneciéramos a su grey, qué duda cabe de que nos congratulábamos con sus declaraciones. Pero claro, el tiempo pasa y, como sospechábamos muchos, todo se quedó en palabras, palabras y palabras. Y aún más: los hechos confirman que todo está atado y bien atado (¿a quién me recordarán estas palabras?). Porque una vez más, la vida privada de las personas se inmiscuye en la vida pública y al parecer, dependiendo de con quién duermas y a quien ames, estás o no capacitado para habitar las dependencias vaticanas aunque sólo sea para ejercer funciones diplomáticas representando a otro país. Pero claro, vivir en pecado mortal permanente practicando la sodomía incluso, es motivo suficiente para ser vilipendiado y desposeído de cualquier posibilidad de salvación.

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