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Me hago eco del artículo de Hamed Enoichi en Negratinta (http://negratinta.com/dia-del-libro) con respecto a los fastos y la hipocresía con la que se celebra el Día del Libro en nuestro país.
Cuando se llevan seis (¿o no son más?) leyes distintas de educación en veinte o treinta años, cuando el libro más vendido (que no leído) lo firma un personaje estrafalario y ridículo (cuyo nombre mi pudor no me permite nombrar), cuando la cadena de TV más vista es Telecinco y sus realitys que avergüenzan, el periódico más vendido El Marca y cuando políticos de renombre hacen el más auténtico ridículo al tomar la palabra en foros internacionales, celebrar con estas formas el Día del Libro se me antoja una somera estupidez.
Algo parecido sucede con el Aniversario de Cervantes en España con respecto al de Shakesperare en Inglaterra y con los actos que aquí se han convocado absolutamente cutres y con la recomendación por parte de un montón de personajes “importantes” para leer El Quijote cuando la realidad más probable es que muchos de ellos no hayan pasado de las primeras páginas o como mucho, les suene el episodio de Los Molinos y poco más. Hasta es posible que cualquier día nos enteremos que el personajillo del que hablaba al principio que afirma que firma sus memorias no sorprenda diciendo con que es el libro de cabecera que tiene siempre en su mesilla de noche y que entre exclusiva y exclusiva, polvo y polvo, lee alguno de sus capítulos. Se atreverá a decir que le apasiona la figura de Don Quijote (o la de Sancho).
Un país en el que la industria del porno paga el 4% de impuestos frente al 21% de todo aquello relacionado con la cultura sólo puede ser considerado de zafio y sus gobernantes con ese adjetivo del que habla Hamed Enoichi y que aquí no repetiré.
El día que aquí se tome la enseñanza en serio y cuando se haga una apuesta clara y definitiva por la cultura, cambiarán las tornas. Pero claro, se trata de medidas que sólo pueden contemplarse a medio y largo plazo y nuestros políticos, empeñados como están en acceder a los escaños de forma inmediata (con espíritu de servicio, eso sí) no han estado nunca por la labor. Tampoco ahora y así nos va.
¿Podemos imaginarnos lo que supondría invertir sólo la mitad de lo que cuesta una campaña electoral (ciento veinticuatro millones de euros) en teatro, cine, bibliotecas…Bueno, si queréis hablamos de los beneficios de la banca o de las eléctricas

 

 

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