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El paisaje que contempla es lo más parecido al silencio. Un momento indeterminado de la noche por el que no transita el tiempo. En este territorio inabarcable las horas no son más que una sucesión de inútiles accidentes que se van superponiendo desordenadamente. El hombre mira a lo lejos y sus ojos se deshacen en una negritud que no distingue formas. Tal vez haga frío pero él no llega a sentirlo inmerso como está en una lejanía que no acaba nunca de encontrar su límite. Es tan larga la noche y tan profunda que todos los sentidos se mezclan en lo absorto. Detrás suena una música y en su cadencia logra un abrigo que le arropa. Invisible. Etéreo. El violín que suena lejos no rompe el silencio. Más bien lo acompaña en una especie de abrazo que sobrevuela suave por su espacio inmediato. Una mano tendida, un resorte, un bálsamo que le acaricia.

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