La mujer

© Santiago Torralba

La mujer es morena y su mirada es tan misteriosa como las olas que contempla. Un ensimismamiento que cautiva. Su espalda es una perpendicular que rompe el horizonte. Va toda entera vestida de negro y dos botones de su blusa de organdí casi transparente se ven desabrochados con indolencia. La brisa, convertida en un telón tremolante que viene y que va, descubre en cortas secuencias un paisaje prohibido que seduce: un encaje, una puntilla y un trozo de piel parecido al azúcar como un trazado de caminos por los que lanzarse a transitar.

Una brújula y un norte.

También su pelo negro es una celada que interrumpe su rostro de vez en cuando con una cascada de hilos que vibran en un galope desordenado. Una luz oblicua empapa su rostro y lo perfila como si fuera un boceto a carboncillo. Las sombras enfrentadas hacen que todo sea más incierto. Más cercano a un lienzo dibujado. También, por eso, más irreal. Su mano sostiene un vaso bajo con hielo y una bebida oscura, tal vez ron. Bebe a sorbos lentos paladeando cada trago como si fuera el último, mientras que sus ojos se pierden en una lejanía que se adivina tan recóndita como inabarcable. El hielo deja oír un tintineo de música glacial que acompaña el paisaje. Tal vez en esa distancia insondable busca el rastro de una botella abandonada en cualquier isla perdida con el mensaje de un náufrago. O quizás encontrar respuestas en ese trazado rectilíneo en azules que forma la complicidad del cielo con el mar.

El hombre la mira y se siente atrapado. Poseído en un impulso magnético mientras que un escalofrío viaja por todos los pliegues de su cuerpo anidando en todos los recovecos. Por eso se estremece. Busca los ojos oceánicos de la mujer sabiendo que no será capaz mantener su mirada si ella levanta la vista y se topa de frente con los suyos. Quedará desnudo, desvalido ante tanto esplendor.  El cuerpo de la mujer mimetizado en ese paisaje es como un incendio que irremediablemente le arrastra hacia una parálisis que le recorre el cuerpo en abrazos circulares.

Permanece inmóvil. Tanto como el tiempo que transcurre.

El sonido de la claqueta marca el cambio de escena.

Después de un tiempo impreciso, que se le antoja inexistente, reemprende su marcha y sigue su camino hacia una realidad que ahora se le muestra extranjera.

Queda la quimera sabiendo con certeza que la imagen, a modo de fotografía, perdurará en su memoria fundida en una sombra de la que no va a poder desprenderse.

Aniversario de una pandemia

© Santiago Torralba

Probablemente han sido los días más duros de nuestras vidas. Una mezcla de rabia, de hastío, de cansancio, de indignación… cientos de sensaciones que se han ido superponiendo sin descanso y que han dejado un poso imborrable en nuestras vidas.

Hace un año, cualquier indicio hubiera resultado un mal augurio de una película de ciencia ficción. Tal vez, incluso, hubiera despertado las risas (o no), pero con la claqueta que marca la escena final se habría iniciado el olvido por lo intrascendente. Volvemos necesariamente a Huxley y a Orwell y cada vez nos sentimos más cerca de su distopía y sobre todo ponemos en el platillo de la balanza cualquier posibilidad que haga que nuestras vidas cambien; que se produzca en ellas un giro copernicano que ponga en marcha cualquier realidad que antes no fue más que una pesadilla a la que le aguarda el despertar liberador. Ahora sabemos que cualquier cosa es posible.

A pesar de todo este cúmulo de extrañas sensaciones, ni yo ni mi entorno hemos sido golpeados con la muerte de seres queridos. Esto casi hace sentirse privilegiado en medio de tanta catástrofe, de tantas soledades, de tantos féretros que no encontraban ni siquiera brazos fuertes que los llevaran a la tierra. A pesar de todo, los días se han ido haciendo más pesados a medida que se han ido sucediendo las estaciones.

Primero fue el estupor, el desconcierto, los planes para una supervivencia con tintes desconocidos que imaginábamos casi como un juego, pero los muertos se iban encargando de negar esas primeras impresiones. La sorpresa de las calles vacías cuando había que bajar de la casa a por el pan, la estupidez infinita del género humano hecha imagen en las aglomeraciones de los supermercados y la acaparación de productos; el papel higiénico como elemento casi mesiánico ante lo que se avecinaba. El silencio en las calles por las que aparecía con sorpresa el ruido de los pájaros como si fueran desconocidos habitantes en los que nunca habíamos reparado. Fuimos asistiendo al paso de los meses y acoplándonos a nuevas realidades impensables antes. Construyéndolas casi cada día porque sólo eran ciertas las horas inmediatamente seguidas de la propia respiración. Lo demás era un territorio desconocido que se extendía por geografías llenas de preguntas, laberintos donde las puertas no eran más que una sucesión de confusiones.

Tuvimos que aprender a querer a los nuestros en la distancia y las pantallas de los teléfonos móviles empezaron a ser nuestro consuelo.  Un refugio fingido, un esperpento porque la realidad era que remarcaba aún más la distancia insalvable con una línea llena de dolor y de impotencia. Incorporamos a nuestros vocabularios palabras nuevas: confinamiento, pandemia, resiliencia, traqueostomía, virus… y cada día hacíamos con ellas el relato de nuestra soledad.

Luego llegaron los aplausos, una escenificación traducida en una especie de histeria colectiva que trataba de limpiar nuestras conciencias. Una solidaridad de plástico que nos justificaba y que, de alguna manera marcaba (un poco) el paso de los días rompiendo el tedio de las horas. Por eso esperábamos a las ocho de la tarde para salir a los balcones y llenar nuestra pequeña comarca de complacencias. Luego, cerrar las ventanas y en el calor de las manos enrojecidas creernos mejores, haber vivido la penitencia por nuestros pecados, olvidar todo y esperar un nuevo día que iba a transcurrir con igual monotonía. Héroes domésticos. Personajes de novela con caballeros andantes rebosantes de una solidaridad llena de artificio. Los muertos, actualizados cada día, se hicieron números en una morbosa progresión que iba generando almohadillas en la memoria. Se iban borrando los rostros y los nombres. Travistiéndose en una cifra con la que machaconamente abrían los diarios. Ninguna otra cosa. Los ataúdes como producto de subasta para las audiencias mientras que los políticos se enzarzaban con regodeo en guerras dialécticas que todos sentían como triunfos que aplastaban al otro. Victorias pírricas que sólo dejaban decepción en los campos de batalla. Sus palabras aplastaban más a los muertos y los hundían más profundamente en la tierra. Asco, mucho asco.

Por ahí surge la pregunta de si nos hicimos mejores. Tengo mis grandes dudas porque el olvido tiene unos brazos inmensos que llegan lejos y lo abarcan todo. Por eso olvidaremos y cuando todo pase volveremos a nuestras rutinas, planes nuevos y nuevas quimeras que nos alejarán de las cosas verdaderas.

No sé cómo este tiempo quedará escrito en los libros de historia que estudien nuestros nietos. Si algo sugerido entre líneas quedará en ellos que transforme cosas. No puedo saberlo, pero tengo la sensación de que todo será igual. Cambiarán los vestidos de las nuevas realidades, pero el fondo del equipaje seguirá siendo el mismo. La lucha por el poder le hará sombra al humanismo, el capitalismo brutal aplastará al socialismo y las buenas intenciones quedarán escritas con una tinta demasiado endeble para que perdure y el tiempo pronto borrará sus rasgos hasta hacerlos ilegibles.

El encuentro

© Santiago Torralba

Su despertar es siempre una estancia iluminada por un hálito de esperanza. Por eso cada día, tras doblar cualquier esquina, tras cruzar cualquier calle, tras el reflejo de cualquier cristal, espera encontrar su rostro y escuchar su voz. Ese talismán que permanece soldado a su memoria como una aleación fraguada por el dios Hefesto: imposible romperla. La certeza de su presencia. La sombra que nunca se independiza.

Es una espera perenne que se prolonga hasta unos límites tan insondables como irreales, pero algo inasible que llega desde algún lugar, hace que al cerrar la puerta de la casa se prepare para la sorpresa. Por eso emprende una búsqueda chamánica abrazando la certeza de saber que hoy va a ser, por fin, el día del encuentro. El que seguirá haciendo posible la vida.

Ocupa las calles a la búsqueda de una nada siempre presente. La alquimia de su mirada, su forma de nombrar las palabras como si fueran permanente canción y sobre todo ese olor suyo que reaparece de vez en cuando y que hace posible que un poder mágico llegado de algún conjuro, convierta los pretéritos en presentes absolutos. Todo tan palpable como si fuera ayer ese último día que pudo entretenerse en un roce en sus labios y acompasar su andar. Luego quedó una distancia insalvable y un sinfín de misterios encuadrando todos los recuerdos. Como la música que nace en los amaneceres, la vieja postal con el grabado de un dios tocando la lira en un rincón de la mesa o el pequeño ídolo de barro que descansa impasible junto a una pila de libros en idiomas extranjeros que han quedado olvidados: incomprensibles pero pertenecientes a esa lista de objetos que dan forma cierta a capítulos almacenados en todos los rincones. Y en el centro de todo, a la manera de un tabernáculo sagrado, esa fotografía que acerca su cuerpo a su mirada por encima de todo.

Preguntas sin respuesta que se fueron quedando en los armarios habitados ahora por perchas vacías. Silencios largos como ecos llegados desde lugares inhóspitos.

En la casa todo permanece a la espera. Las ventanas abiertas, las plantas húmedas y las sábanas limpias. La pantalla del ordenador siempre encendida iluminando la ausencia, aguardando ese estúpido sonido que anuncie un mensaje llegado de algún lugar del universo. Un rectángulo en blanco y en una quietud persistente que provoca un ir y venir de incertidumbres rozando el dolor. Un resplandor paciente. Un deslumbramiento.

Es la rutina cotidiana a la espera de que la noche acerque por fin el descanso y el sueño sea el narcótico reparador en el que sustentar el desasosiego. Una tregua para renacer en otro despertar y el comienzo de una nueva búsqueda por las calles.

En tierra de Dioniso | María Belmonte

© Santiago Torralba

No es un libro de viajes, pero habla del “paisaje en la niebla”, de la belleza de las montañas del norte de Grecia y de las ruinas de sus viejas ciudades a medio escavar; de la luz de los caminos y de sus misterios, del magnetismo de lo que fue y ahora sólo son zarzas enredadas en las viejas piedras. Del monte Athos donde no pueden entrar las mujeres y del hesicasmo de sus habitantes volcados permanentemente en los rezos, del ensimismamiento que produce la lluvia, de los paisajes personales que nos hacen sentir la vida en lo sublime.

No es un libro de filosofía, pero habla de Aristóteles, de filósofos como Heráclito o Anaxágoras cuestionando la existencia de los dioses y poniendo en duda la “relatividad de las ideas religiosas”. De la Academia de Platón y de su final decretado por Justiniano en el 529 para instaurar el pensamiento único, de la necesidad del silencio frente a la prisa destructora porque “cuando guardamos silencio y estamos en soledad, el mundo se nos muestra de forma más profunda”.

No es un libro de historia, pero habla de Macedonia, de Grecia y de su esplendor; de Alejandro y su caballo Bucéfalo y de Filipo padre, Olimpia madre y de los persas; de la destrucción de monasterios por soldados extranjeros y de invasiones; de la batalla de Salamina y la de Maratón, de Heródoto y de su “Historia”.

No es un libro de mitología, pero habla de los héroes, de La Ilíada y de Troya; sobre todo de Dioniso y de sus ritos y las orgiásticas bacantes, de su influencia posterior que perdura tras Freud, de la relación con la mística.

No es un libro de religión, pero habla de cómo “el diálogo de mundo clásico enmudeció y fue sustituido por el monólogo del dogma cristiano”, de la derrota de la diversidad en favor del adoctrinamiento ciego, de la conciencia culpable y del pecado por el solo hecho de nacer, de la creación de los dioses por el miedo del hombre, de la no necesidad de la filosofía o de la amplitud de la mirada cuando se elige a Dios como destino.

No es un libro de teatro, pero es un reencuentro con Eurípides y con fondo de sus nuevos dramas que arrastraba pasiones, de su conocimiento del alma femenina en la figura de Medea que preferiría vivir en combare que parir en soledad, de la tragedia irracional de la guerra, de sus días encerrado en su biblioteca, de su tragedia, de su búsqueda permanente en lo más profundo del alma humana para hallar “miseria y dolor” o de su irracionalidad que le lleva a “cometer toda clase de locuras y actos monstruosos.

… Pero sí es un libro de poesía porque la poesía no es únicamente una sucesión de versos más o menos cortos. Hay veces que las palabras del poema ocupan páginas enteras.

Una botella lanzada al mar

© Santiago Torralba

Es un día cualquiera en cualquier amanecer.

Cualquier océano, cualquier hombre, cualquier mujer. El. Ella.

Camina por el borde del mar y sus pasos van dejando en la arena una huella efímera que el agua devora sin remedio a cada instante. Detrás queda un rastro leve que se va borrando como si fuera el espejo de su propio pasado. Arriba, no demasiado, un cielo gris encapotado parecido a ese empalagoso dulce de feria con forma de algodones. De vez en cuando se cuela un pequeño rayo de sol que hace que todo lo visible cambie y se ilumine. Relámpagos prolongados que retan al tiempo en su extensión. Desafiando. Sombras nuevas que toman forma, reflejos que nacen, brillos diminutos en la cresta de las olas que deslumbran. Miles de pequeños diamantes que vibran a punto de explotar. Como si fuera el mismo rayo que los cíclopes otorgaron a Zeus que despierta para ver pasar al caminante.

El ruido del mar forma parte del silencio que está por todas partes. Un rumor que se extiende por el espacio y que penetra por cualquier poro del cuerpo como un mantra. Algo así como una salmodia. Insistente. Machacona. Un rosario que no pretende plegaria. Más bien un narcótico que penetra suave y que hipnotiza. El sonido que trasporta lejos como un derviche que gira sobre sí mismo y avanza un poco a cada paso. Retrocede y vuelve a conquistar la arena. Si se detuviera y se concentrara sólo en el sonido de ese ir y venir de espuma podría asomarse a algo parecido al éxtasis. Un nirvana.

Un poco más allá titila un brillo diferente. Primero lejano, luego, paso a paso, algo que va tomando forma en el mecer de las olas. Un verde que centellea, un cristal que inflama: una botella que lucha con la marea buscando su propia subsistencia.

Se acerca y la contempla dejando que la sorpresa tome formas. Viene y va sin decidirse a rendirse a la arena o adentrarse de nuevo en las profundidades.

Acunándose.

Y dentro un mensaje que no se decide a abrir de inmediato para no romper la magia del asombro. Por eso la toma en las manos y la limpia acariciándola. Mira a un sol perezoso que se renueva y su cara se enciende de verde. Un rato de silencio. Necesita tiempo para abrirse al deseo de alguien desconocido que sueña en algún rincón recóndito del universo marino.

Joyce Carol Oates

© Santiago Torralba

No siempre es fácil la lectura. A veces, de puro descarnada se convierte en un tránsito de sensaciones encontradas entre las que una cierta forma de dolor adquiere un protagonismo esencial. Es lo que viene sucediendo con las novelas de joyce carol oates y lo que se repite de forma natural en su último trabajo: Delatora.

Su trayectoria sigue unas pautas (deliberadas o no) muy concretas y es partícipe de una manera muy particular de entender la convivencia (o la vida misma) en un entorno donde la violencia se hace un hueco persistente. Salvo algunas excepciones no se trata de un dolor de sangre manifiesta que rebose por las páginas ni de ayes clamorosos. Es algo que subyace entre línea y línea, ese espacio tan importante (fundamental), como los silencios de la música (a la poesía también le sucede esto) que dejan las palabras y que se inyecta en la piel provocando que por todo el cuerpo se extienda una sensación extraña parecida a la congoja.

Sucedió antes con La mujer de barro o con La hija del sepulturero, o con Un libro de mártires; con Carthage, con Infiel, con Dame tu corazón… con toda su obra tan prolija en personajes (familias americanas) vestidos de amarguras y por los que una realidad fracturada es un elemento cotidiano que se extiende como un hilo argumental que va adquiriendo un fuerte poder magnético.

Delatora es la historia de una culpa adolescente convertida en un miedo paralizante que se prolonga a lo largo de toda la vida de Violet. Contradicciones, remordimientos y una desazón permanente serán compañía obligada de infancia, adolescencia y madurez. También el silencio (esos silencios…) como generador de nuevas culpas convertidas en condena que toma la forma de un edificio del que no se puede escapar. Los intentos serán en vano y el fracaso sólo producirá nuevas frustraciones.

Narrada en primera y segunda persona investida esta de una especie de voz interior para hablar de lo prohibido, lo que no se hará aunque parezca lo correcto, lo imposible, el norte inaccesible aunque se perciba como oasis. Una espada de Damocles en un vaivén permanente que va marcando el ritmo con esos trozos de dolor con los que se construye toda la trama de la escena. Y como en otras novelas, esa violencia implícita en el lenguaje de los protagonistas, en las costumbres, en las tradiciones… en la vida misma. La familia claustrofóbica que lo comprime todo hasta convertirse en un círculo opresor y territorio en que se sitúa ese laberinto en que las puertas no son más que salidas hacia el precipicio.

No, no siempre es fácil la lectura, pero es un camino necesario como el aire.

Pessoa

© Santiago Torralba

Hay escritores/as poetas, novelistas, románticos, tradicionales, absurdos, rompedores, clásicos… mil opciones para decir lo que se piensa, para contar lo que se siente. Y luego, al margen de esa lista infinita de creadores se sitúa Fernando Pessoa un escritor único, indescriptible y por encima de todas las cosas aditivo. Hablar de Fernando Pessoa es hacerlo de los 136 heterónimos o autores ficticios con los que firmó sus escritos a lo largo de su corta vida (1888-1935). Muchos de ellos con incursiones más o menos intensas y por encima de todos, Álvaro de Campos, Ricardo Reis o Alberto Caeiro, piedras angulares de toda su obra.

Romántico hasta lo cursi, rotundo hasta lo trágico, melancólico hasta lo doloroso y envuelto en una contradicción permanente en función del nombre que rubricaba sus escritos. No sé quién soy, qué alma tengo… Soy distintamente otro diferente de ese yo que no sé si existe […]. Me siento múltiple. Soy como un cuarto con innúmeros espejos fantásticos que deforman, convirtiendo en reflexiones falsas una realidad que no está en nade y está en todos.

La trayectoria poliédrica que conforma la obra de Fernando Pessoa es tan inabarcable que lo sitúa en un mundo humano y literario exclusivo. En la historia de la literatura es difícil encontrar a alguien que le haga sombra en ese infinito suyo casi inabarcable. Sus textos en verso o en prosa, en forma de novelas (inacabadas estas), cuentos o ensayos constituyen un mundo que no conoce los límites y que va desde lo evidente y simple a lo farragoso e incomprensible. La no existencia de una obra ordenada en vida no hace más que elevar a la enésima potencia esta dispersión. Por otra parte, la existencia de casi 28.000 (27.543) documentos originales desordenados bien manuscritos, bien dactilografiados, constituye una aventura de casi imposible catalogación.

El libro del desasosiego, su obra más conocida, pudiera ser uno de esos títulos que a la manera de una gran enciclopedia encierra toda esta personalidad tan controvertida y de forma abrupta y sin ningún disimulo, sus palabras nos llevan directamente a un camino lleno de dolor convirtiendo sus páginas en algo parecido a un paisaje de zozobra. Es la melancolía en su estado más puro que puede concebirse donde el desencanto, la tristeza y claro está, el desasosiego, constituyen las geografías por las que se transita. Una completa antología de su propia vida con textos, desordenados como casi todos, escritos desde una primera época que se inicia en 1913 hasta su muerte en 1935 y dispuestos de una u otra forma en función de quién es el editor. Escepticismo y desilusión como soporte y contenido. No existe ninguna línea argumental ni en cuanto a lo narrativo ni en cuanto a una evolución literaria que podría esperarse conforme avanzaba en edad, si bien es cierto que a partir de 1930 más o menos su escritura se vuelve más lírica y también, subrayando la propia contradicción, más insondable.

Vicente Guedes (1913-1919), el Barón de Teive (1928), único de ellos que acabó suicidándose, aunque desconocemos la fecha exacta y Bernardo Soares (1928-1935) son los heterónimos que rubrican la obra.

Otro imprescindible.

El ladrón de palabras

© Santiago Torralba

Colecciona fragmentos de conversaciones que roba en la calle. Cada mañana sale de casa armado con una vieja grabadora a la búsqueda de nuevas palabras y de nuevas voces. Ya no es fácil encontrar cintas casetes para ese viejo aparato, pero ha descubierto recientemente una tienda de barrio que se las suministra sin problemas. Tienen que ser en paquetes de diez, pero no le importa. Le cuesta disimularlo (en el fondo le da un poco de vergüenza) y lo esconde en un periódico doblado dejando un pequeño hueco al aire por donde el micrófono sobresale apenas sin notarse.

En el metro es complicado. Además del ruido de fondo todos los que ocupan los vagones andan ensimismados en sus teléfonos móviles escribiendo mensajes o escuchando música a un volumen que se deja oír más allá de sus auriculares. Le parecen autómatas ajenos al mundo y teledirigidos por un gran hermano omnipotente. Misión imposible, en cualquier caso. En el mercado es otra cosa. Se acerca disimulando a los puestos de frutas y verduras como si estuviese interesado en comprar y lo dirige hacia las personas que se paran a su lado. Pues no sé si sabes que mi hermana se ha separado de su marido. Le ponía los cuernos y ella se enteró porque encontró una nota en sus pantalones cuando los puso en la lavadora. Ya me imaginaba yo algo así, pero cualquiera se lo decía con los prontos que tiene. No permanece demasiado tiempo en el mismo lugar porque al final no compra nada y le parece que se siente observado por todo el mundo. El otro día firmamos por fin la hipoteca. Un robo. No sé si vamos a poder pagarla porque mi trabajo está en un hilo, pero bueno, hay que vivir. Deja huecos en silencio para separar las conversaciones. Unos segundos o varios minutos, según le dicta su instinto. O el azar. Coño no te despistes. Vienes para ayudarme ¿no?, pues pon un poco más de atención si te parece; haberte quedado en casa. Cuando llega la cinta al final, se aleja hacia un rincón solitario para darle la vuelta sin que nadie mire. Un proscrito. Casi un delincuente. Este fin de semana nos vamos a la playa. No aguanto más en esta maldita ciudad y en esta oficina de mierda.

Al llegar a casa prepara la mesa con una parsimonia exacerbada. Plato hondo sobre plato liso, tenedor a la izquierda, cuchara y cuchillo a la derecha sobre la servilleta de hilo con vainica y un táper con la comida lista comprada en el último puesto del mercado. Hoy paella y pollo con tomate. Yogur de postre. Enfrente, otra silla, otros platos, otros cubiertos, otros vasos… Se toma su tiempo como si fuera la escena de una película a cámara lenta; al fin y al cabo, tiempo es lo que le sobra. Luego conecta la grabadora y pone el volumen casi al máximo. Deja que se sucedan las conversaciones y en esas pausas provocadas interviene convirtiéndose en un participante más. Unas veces asiente. Otras rebate las cosas que escucha y hasta se atreve a discutir airadamente con quien cada noche comparte la cena. Sin urgencia recoge y deja los platos sucios en el fregadero. Los suyos y los otros. Marcha a la cama y se arropa hasta los ojos para protegerse del frío. Antes se masturbaba con cualquier fantasía. Últimamente ya no.

Mañana volverá sobre sus pasos al encuentro de nuevas palabras. Es una forma como otra cualquiera de disfrazar su soledad.

Vicente Tusón

© Santiago Torralba

Hace relativamente poco, la locutora de un programa de radio (Àngels Barceló concretamente) preguntaba a sus oyentes qué libro les había cambiado la vida y animaba a su participación. No es mi costumbre y naturalmente, quizás por pudor, en ningún momento pensé en llamar a la emisora para dar mi opinión, pero con la fugacidad de un relámpago se hizo visible un nombre. Los libros se sitúan en los días de mi vida al mismo nivel que la respiración, es decir, necesarios e imprescindibles y destacar uno (dos, tres, cuatro…) dentro de ese catálogo de títulos escritores/as que han ido sucediéndose (acompañándome) a lo largo de todas las estaciones (unas cuantas ya) resulta poco menos que imposible. Para bien o para mal, soy lo que soy gracias a ellos.

La pregunta conducía a una respuesta que contenía la rotundidad de la evidencia: no fue un libro sino un profesor quien hizo que mi vida cambiase.  Efectivamente, hubo un profesor de literatura en aquel antiguo COU que hizo que el horizonte se agrandara y que mi deseo tomase un rumbo definitivo. Un cimiento, un empezar un camino del que ya no quise nunca salirme. Ni siquiera apartarme. Su nombre: Vicente Tusón. Su imagen circunspecta sosteniendo su pipa (entonces se fumaba en clase), sus gafas de pasta negra, su rictus… emocionándose con las palabras de Machado, permanece soldada en la memoria como si fuera el inmediato instante anterior.

Las ascuas de un crepúsculo morado / detrás del negro cipresal humean… / En la glorieta en sombra está la fuente / con su alado y desnudo Amor de piedra, / que sueña mudo. En la marmórea taza / reposa el agua muerta.

En marzo de 1999, ante la imposibilidad de detener la enfermedad que irremediablemente iba a deteriorar su conocimiento y su persona, decidió poner fin a su vida. Hasta esos límites llegó su coherencia. Hasta ese inusitado rango de dignidad, mi admiración y me deuda perenne.

Mi historia ha sido, sin duda, un antes y un después de aquellas clases llenas de intensidad en el instituto Alfonso VIII donde la literatura y los poemas hechos canción por cantautores (algunos prohibidos) conquistaban las paredes del aula: Paco Ibáñez, Raimon, Elisa Serna… Un punto de inflexión del que surgieron los libros y con ellos toda esa infinitez de vidas y mundos en los que adentrarse. Un impulso para traspasar todas las puertas abiertas al descubrimiento. Aquellas clases supusieron el germen de un entorno que pasó a conformar mi paisaje. Una comarca (la de las cosas) sin límites ni fronteras donde caben nombres, personajes, amores y desamores, poemas, dolores, sentimientos… alimentos, en fin, para seguir viviendo.

Siempre vivo en el recuerdo.

El encuentro

© Santiago Torralba

Su despertar era siempre una estancia iluminada por un hálito de esperanza. Por eso cada día, tras doblar cualquier esquina, tras cruzar cualquier calle, tras el reflejo de cualquier cristal, esperaba encontrar su rostro. Ese talismán que permanecía soldado a su memoria como una aleación fraguada por el dios Hefesto. La certeza de su presencia. La sombra que nunca se independizaba.

Era una espera casi eterna que ya se prolongaba hasta unos límites tan insondables como irreales, pero al cerrar la puerta de la casa se preparaba para la sorpresa y emprendía una búsqueda chamánica abrazando la certeza de saber que ese iba a ser, por fin, el día del encuentro. El que seguiría haciendo posible la vida.

Ocupaba las calles a la búsqueda de una nada siempre presente. La ternura de su mirada, su forma de nombrar las palabras como si fuera permanente canción y sobre todo ese olor suyo que reaparecía de vez en cuando y que hacía posible que un poder mágico llegado de algún conjuro, convirtiera los pretéritos en presentes absolutos. Todo tan palpable y tan auténtico como si fuera ayer ese último día que pudo entretenerse con un roce en sus labios y acompasar su andar. Luego quedó una distancia insalvable y un sinfín de misterios encuadrando todos los recuerdos. Como aquella música que acompañaba los amaneceres, la vieja postal con el grabado de un dios tocando la lira en un rincón de la mesa o el pequeño ídolo de barro que descansaba impasible junto a una pila de libros en idiomas extranjeros que habían quedado olvidados: ilegibles pero pertenecientes a esa lista de objetos que daban forma cierta a capítulos almacenados en todos los rincones. Y en el centro de todo, a la manera de un tabernáculo sagrado, esa fotografía que acercaba su cuerpo a su mirada por encima de todo.

En la casa todo permanecía a la espera. Las ventanas abiertas, el plato en la mesa y las sábanas limpias. La pantalla del ordenador siempre encendida iluminando la ausencia, aguardando ese estúpido sonido que anunciara un mensaje llegado de algún lugar del universo. Un rectángulo en blanco y en una quietud persistente provocando un ir y venir de incertidumbres rozando el dolor. Un resplandor paciente. Un deslumbramiento.

Era la rutina cotidiana a la espera de que la noche acercara por fin el descanso y el sueño fuera el narcótico reparador en el que sustentar el desasosiego. Una tregua para renacer en otro despertar y el comienzo de una nueva búsqueda por las calles.