El regreso

© Santiago Torralba

El hombre sabe de la imprudencia por conducir demasiado deprisa. En el salpicadero están alojadas todas sus contradicciones y en el asiento de al lado una sombra latente canta una salmodia circular rodeando el dolor que contiene el eco de un nombre. Zumba en su cabeza una amalgama confusa de sensaciones girando como una noria insistente que no sabe del descanso. Quiere descargar toda su rabia en el pie que oprime el acelerador aun sabiendo que es un esfuerzo inútil.

Los faros abren la carretera descubriendo en cada curva un horizonte más y más confuso a medida que la luz se traga el asfalto. En el espejo retrovisor miradas de soslayo hacia la negritud que lo absorbe todo como un monstruo insaciable. Unos ratos sube el volumen de la música y otros la baja hasta sentir el silencio herido por el ruido del motor. Nada le sacia. Nada le conforma y nada le alivia. Las rayas discontinuas del pavimento, como descargas eléctricas, marcan una distancia que se hace más insalvable a cada instante. Sabe que la velocidad no es un bálsamo de efectos reparadores, pero en ese espacio que ocupa la ceguera que le atrapa, ve cómo la aguja del cuentakilómetros va marcando números cada vez más grandes. Es como bailar en equilibrio por el filo de una cuchilla que separa dos precipicios iguales en su dimensión en lo profundo.

El rostro de la mujer que quedó atrás se hace imagen en todos los reflejos que conforman su horizonte nocturno. También resuena sin descanso esa forma suya de nombrar las palabras haciéndolas canción y la levedad de sus manos cubriendo el rostro cruel de la despedida. Quisiera detenerse y gritar su nombre a la opacidad de la noche, pero un impulso invisible le obliga a seguir como si fuera un autómata dirigido por mecanismos ocultos imposibles de detener. Una furia. Una rabia. Un dolor. También una derrota.

Hay un momento en el que el tiempo se detiene y el silencio es mucho más profundo. Son apenas unos segundos en los que su pequeño territorio se transforma. Es como un vuelo lleno de distorsión en el que la gravedad ha conquistado todo lo que pueden abarcar sus manos. Ahora los contornos de las cosas se han hecho transparentes y hasta la inmensidad de la noche ha dejado paso a la nada que ya ha descabalado la declinación de los nombres.

En una posición imposible, las ruedas del coche dan vueltas y vueltas sin encontrar el roce que consiga frenarlas. Al cabo del rato todo es calma. Después llegan las sirenas, pero el hombre ya no puede oírlas.

La decisión

© Santiago Tororalba

Cuando el hombre sabe que el tiempo se ha mudado en retroceso se dispone a hacer un listado de fracasos que le han acompañado en las últimas estaciones como una sombra inseparable. Historias incompletas que fueron reapareciendo desordenadamente y también quimeras que perturbaron el sueño. Nombres que sobrevivieron con resquicios repletos de magnetismo y que la memoria traspasa sin molestarse en pedir permiso. Por eso tantas noches de desolación y de desasosiego. Por eso tanto Wagner y tanto ron.

El empaste amarillo de la tarde ha dado paso a la negritud de la noche que tras el ventanal que preside el estudio se dibuja inabarcable. En los altavoces, como tantas veces, Isolda llora sin consuelo la muerte de Tristán y sobre la mesa grande que ocupa el centro de su espacio, entre un sinfín de objetos y artefactos inservibles, un cuaderno ajado con cubiertas de hule negro repleto de notas y de palabras que han ido alimentando sus días. Es la novela de su vida en forma de sobresaltos que se han ido alternando entre desvelo y desvelo. También entre pesadillas y zozobras que se descolgaban desde los más recónditos refugios del recuerdo.

Desenrosca con calma una de sus estilográficas cargada con tinta verde y se dispone a escribir en las últimas páginas que quedan en blanco. Busca palabras que puedan parecerse a todo ese cúmulo de sensaciones que rodea el aire. También sobre su mesa los últimos informes médicos que marcan con más o menos precisión su fecha de caducidad en el calendario. Por eso ese impulso urgente para nombrar ordenadamente la colección de desencantos que han ido poniendo capítulos al relato de su paso por la vida. Será entonces, tal vez, un listado que no reconozca como propio y que tenga el color de lo ajeno, de lo que puede nombrarse.

Pero las palabras huyen ocultándose por todos los recovecos de la habitación y algo parecido a un vacío sin forma lo ocupa todo. No puede reducir a signos un pasado repleto de escalones torcidos en los que todo han sido tropiezos y quebrantos. Se levanta con el cuaderno en la mano y se acerca al fuego bajo que caldea el espacio buscando refugio en la magia de las llamas, pero también allí habita la ausencia.

Cuando siente que ha pasado ese tiempo indefinido va arrancando una a una las hojas del cuaderno haciendo con ellas minúsculos trozos de papel que se convierten en pavesas al contacto con el fuego.  Luego vuelve a la mesa y enciende el ordenador. En el buscador de Google trata de hallar la forma más rápida y segura de conseguir la dosis necesaria de pentobarbital.

La violonchelista

© Santiago Torralba

El sonido metálico de los cierres al abrirse es como una llamada de campana que anuncia la liturgia que va a producirse en unos momentos.  Un telón dispuesto a subir para que comience la magia. El estuche verde irisado de gotas blancas parecidas a lágrimas dispersas se abre y deja ver en su interior la sorpresa. Una ventana a un mundo que despierta.

Lo que contempla es como si fuera un sarcófago hecho a medida de un dios antiguo: un violonchelo de madera oscura en el que se dibujan tonos cobrizos protegido por un terciopelo rojo que lo arropa. Es su descanso. El lugar donde habita el silencio hasta que llegue el momento en el que broten las notas que esperan calladas en el íntimo territorio que le acoge. Un vientre materno del que nacerá el sonido primigenio. Allí descansa la música hecha sueño hasta que la luz llega y en un despertar glorioso, se pone en marcha el abrir de los sentidos para recibirla.

Siente el abrazo de las manos que acarician; las crines del Pernambuco que exploran y que miman las cuerdas buscando la complicidad de la entrega. Un nuevo silencio. Una nueva espera para que la corriente fluya. Y entonces llega el sortilegio.

La mujer que abraza el violonchelo es extremadamente hermosa y antes de comenzar guarda un mutismo que, en su profundidad, se alarga hasta bordear lo eterno. Su mirada encierra el misterio de lo insondable. No hay partitura porque la música está dibujada desde siempre en ese territorio inabarcable de los dedos. Todo está dispuesto para el reto que siempre envuelve a Bach. Quinta suite. Do, sol, la, si, do, re, mi, fa… Bach una vez más. Siempre. Como un dios compañero que abarca todos los sonidos posibles… y las cerdas del arco en las cuerdas que van a la búsqueda de la magia del encuentro como palabras que susurran sílabas de amor.

La carta

© Santiagao Torralba

Nunca recibía cartas, por eso el ver asomar un pico blanco por la boca del buzón le produjo una tremenda sorpresa seguida de un sobresalto. Con el sobre en la mano, quiso recordar que la letra manuscrita le resultaba conocida. También el sello extraño en un idioma extranjero. Al darle la vuelta y leer el remite sintió en el estómago un cosquilleo que le subía hasta el corazón y que lo aceleraba.  Sintió la urgencia de abrirlo inmediatamente, pero tras un segundo de indecisión decidió prepararse y esperar. Hay cosas que necesitan del tiempo y del momento que les corresponden. Subió las escaleras acariciando el borde con impaciencia. En la casa se quitó el abrigo, buscó la compañía siempre fiel de Shostacóvich en el equipo de música, se sirvió un burbon y se sentó junto a la ventana. La tarde acababa y las luces mortecinas de las farolas se colaban dentro de la habitación envolviéndolo todo en un amarillo pastoso. Fuera, el ruido del asfalto era cada vez más débil. Bebió despacio sintiendo en sus labios el placer del frío del hielo. Un escalofrío le hizo removerse en el sillón. Luego, muy despacio, con una parsimonia insultante cortó el borde del sobre. Muy despacio porque rasgarlo era como una profanación. Desdobló las dos cuartillas escritas con letra apresurada en tinta verde y respiró profundamente antes de disponerse a leer. Poco a poco se fue dibujando en su rostro un gesto repleto de complicidad. Cuando al cabo de un rato acabó la música y se hizo el silencio, sus labios todavía mantenían la sonrisa. Era ya noche cerrada.

Bonaval

© SantiagoTorralba

Apenas si ha amanecido hace unos instantes. El frío del invierno en estas horas en las que la luz lucha contra la negritud de la noche es intenso. El entorno circular, a modo de escenario, es como encontrarse en la abadía de Newestead con la hiedra trepando por las bóvedas y las zarzas invadiéndolo todo como molestos invitados a destiempo. Puede que incluso de un momento a otro aparezca Lord Byron bajando por la escalera imposible de caracol que conduce a las cúpulas. Desafiante y hermoso. Altivo y retando al mundo desde esa belleza inexpugnable como lo son las murallas de todas las fortalezas. La mirada insondable que cautiva, el cutis blanquecino y los labios tersos como un pubis virgen. Los hombres y las mujeres rendidos a sus pies en una lucha frenética para ver quién puede penetrar, acercase al menos a tanto esplendor.  

(Anabella espera).

A esas horas de la mañana el silencio es absoluto y cualquier susurro se torna en estridencia que toma la forma de una blasfemia. El viejo molino, muerto después del abandono y el aire dormido a la espera de algo que aún no tiene nombre. Todo tiene el olor del olvido. Tal vez de la renuncia y la huida a la búsqueda de una salvación redentora. El tiempo descansa y se esconde en las ojivas arropado por las columnas que se ven heridas en su camino infinito hacia la altura. Guerreros antiguos que resisten desafiantes a la muerte. La memoria que se hace presente en capítulos que van y que vienen, inacabados unos, rotos otros como las piedras desprendidas de las cúpulas.

Es algo envuelto en un halo de tristeza. Revestido de una belleza estremecedora, el hablar se convierte en un sacrilegio y las miradas a los muros se sienten como una profanación que hostigara el sueño de la historia. La imagen más precisa de la melancolía.

Por eso hay que caminar despacio para no despertar a los fantasmas.

Por eso hay que respirar en silencio para no romper el magnetismo de la ruina.

Desnudo ante el misterio. Pequeño, insignificante apenas en ese espacio minúsculo vivido desde una inmensidad difícil de abarcar; menos todavía de comprender. También atrapado en una especie de intimidad que asusta de tantas preguntas que surgen desde los basamentos hasta los capiteles que resisten con orgullo, aunque se sepan condenados al olvido.

Rencuentros

© Santiago Torralba

A veces dejo cosas entre las páginas de los libros. Nunca pétalos de flores porque los libros no pueden convertirse en cementerios de nada. Unas palabras improvisadas, la osadía de un verso, algún billete de autobús o de metro, el resguardo de la compra, la entrada de un concierto… Cosas que quedan dormidas y que olvido al instante. En ocasiones sé que andan pululando por ahí dentro de cualquier título, pero no las busco: sólo dejo que pase el tiempo necesario y que con la complicidad del azar les llegue el momento del reencuentro. Cuando sucede se viene encima la sorpresa, el recuerdo a veces y, normalmente, algo parecido a la sonrisa aterriza busca un hueco en algún lugar de mi mesa. Sucedió ayer con Estravagario, de Pablo Neruda, publicado en 1972 por aquella mítica editorial Losada que tantas horas hermosas me hizo pasar hace mucho, mucho tiempo. El papel que utilizaba no era precisamente bueno, las hojas hoy están amarillas y desprenden un olor profundo que se agarra al alma. 60, 75, 80 pesetas.

Esta vez se trataba de unas pocas palabras situadas a mitad de camino entre la ingenuidad y la quimera que por razones obvias no voy a reproducir aquí porque, aunque poco, todavía me queda algo de pudor. Además, nadie lo entendería. Escrito precipitadamente en una pequeña hoja de cuadros arrancada de un cuaderno y con la tinta azul corrida y empastada, casi ilegible, me ha devuelto días de asambleas prohibidas de instituto y de pintadas nocturnas por las calles, de lecturas clandestinas (Antología rota de León Felipe, por ejemplo, traída desde Francia, hoy desencuadernada y casi una baraja) y de panfletos reclamando amnistía y libertad impresos en una vieja vietnamita casera que echaba tinta por todos lados menos por donde debía. Manos sucias y cada octavilla sujeta con una pinza y colgada en cuerdas de esquina a esquina formando laberintos imposibles en habitaciones con las persianas bajadas siempre ocultando la vista a cualquiera (bueno, todo es tan antiguo que tal vez muchos ni siquiera sepan lo que era una vietnamita).

Esta vez he tenido la tentación de encontrar más tesoros escondidos en las profundidades del papel impreso. Sé que los hay, pero no he querido buscarlos. Ya les llegará su momento. Luego he escrito palabras nuevas en una pequeña hoja de color canela tal vez tan ingenuas como aquellas. Esta vez los versos de Baudelaire y sus Flores del mal serán su refugio silencioso hasta que un día vuelva a surgir la sorpresa entre mis manos.

La mujer

© Santiago Torralba

La mujer es morena y su mirada es tan misteriosa como las olas que contempla. Un ensimismamiento que cautiva. Su espalda es una perpendicular que rompe el horizonte. Va toda entera vestida de negro y dos botones de su blusa de organdí casi transparente se ven desabrochados con indolencia. La brisa, convertida en un telón tremolante que viene y que va, descubre en cortas secuencias un paisaje prohibido que seduce: un encaje, una puntilla y un trozo de piel parecido al azúcar como un trazado de caminos por los que lanzarse a transitar.

Una brújula y un norte.

También su pelo negro es una celada que interrumpe su rostro de vez en cuando con una cascada de hilos que vibran en un galope desordenado. Una luz oblicua empapa su rostro y lo perfila como si fuera un boceto a carboncillo. Las sombras enfrentadas hacen que todo sea más incierto. Más cercano a un lienzo dibujado. También, por eso, más irreal. Su mano sostiene un vaso bajo con hielo y una bebida oscura, tal vez ron. Bebe a sorbos lentos paladeando cada trago como si fuera el último, mientras que sus ojos se pierden en una lejanía que se adivina tan recóndita como inabarcable. El hielo deja oír un tintineo de música glacial que acompaña el paisaje. Tal vez en esa distancia insondable busca el rastro de una botella abandonada en cualquier isla perdida con el mensaje de un náufrago. O quizás encontrar respuestas en ese trazado rectilíneo en azules que forma la complicidad del cielo con el mar.

El hombre la mira y se siente atrapado. Poseído en un impulso magnético mientras que un escalofrío viaja por todos los pliegues de su cuerpo anidando en todos los recovecos. Por eso se estremece. Busca los ojos oceánicos de la mujer sabiendo que no será capaz mantener su mirada si ella levanta la vista y se topa de frente con los suyos. Quedará desnudo, desvalido ante tanto esplendor.  El cuerpo de la mujer mimetizado en ese paisaje es como un incendio que irremediablemente le arrastra hacia una parálisis que le recorre el cuerpo en abrazos circulares.

Permanece inmóvil. Tanto como el tiempo que transcurre.

El sonido de la claqueta marca el cambio de escena.

Después de un tiempo impreciso, que se le antoja inexistente, reemprende su marcha y sigue su camino hacia una realidad que ahora se le muestra extranjera.

Queda la quimera sabiendo con certeza que la imagen, a modo de fotografía, perdurará en su memoria fundida en una sombra de la que no va a poder desprenderse.

Aniversario de una pandemia

© Santiago Torralba

Probablemente han sido los días más duros de nuestras vidas. Una mezcla de rabia, de hastío, de cansancio, de indignación… cientos de sensaciones que se han ido superponiendo sin descanso y que han dejado un poso imborrable en nuestras vidas.

Hace un año, cualquier indicio hubiera resultado un mal augurio de una película de ciencia ficción. Tal vez, incluso, hubiera despertado las risas (o no), pero con la claqueta que marca la escena final se habría iniciado el olvido por lo intrascendente. Volvemos necesariamente a Huxley y a Orwell y cada vez nos sentimos más cerca de su distopía y sobre todo ponemos en el platillo de la balanza cualquier posibilidad que haga que nuestras vidas cambien; que se produzca en ellas un giro copernicano que ponga en marcha cualquier realidad que antes no fue más que una pesadilla a la que le aguarda el despertar liberador. Ahora sabemos que cualquier cosa es posible.

A pesar de todo este cúmulo de extrañas sensaciones, ni yo ni mi entorno hemos sido golpeados con la muerte de seres queridos. Esto casi hace sentirse privilegiado en medio de tanta catástrofe, de tantas soledades, de tantos féretros que no encontraban ni siquiera brazos fuertes que los llevaran a la tierra. A pesar de todo, los días se han ido haciendo más pesados a medida que se han ido sucediendo las estaciones.

Primero fue el estupor, el desconcierto, los planes para una supervivencia con tintes desconocidos que imaginábamos casi como un juego, pero los muertos se iban encargando de negar esas primeras impresiones. La sorpresa de las calles vacías cuando había que bajar de la casa a por el pan, la estupidez infinita del género humano hecha imagen en las aglomeraciones de los supermercados y la acaparación de productos; el papel higiénico como elemento casi mesiánico ante lo que se avecinaba. El silencio en las calles por las que aparecía con sorpresa el ruido de los pájaros como si fueran desconocidos habitantes en los que nunca habíamos reparado. Fuimos asistiendo al paso de los meses y acoplándonos a nuevas realidades impensables antes. Construyéndolas casi cada día porque sólo eran ciertas las horas inmediatamente seguidas de la propia respiración. Lo demás era un territorio desconocido que se extendía por geografías llenas de preguntas, laberintos donde las puertas no eran más que una sucesión de confusiones.

Tuvimos que aprender a querer a los nuestros en la distancia y las pantallas de los teléfonos móviles empezaron a ser nuestro consuelo.  Un refugio fingido, un esperpento porque la realidad era que remarcaba aún más la distancia insalvable con una línea llena de dolor y de impotencia. Incorporamos a nuestros vocabularios palabras nuevas: confinamiento, pandemia, resiliencia, traqueostomía, virus… y cada día hacíamos con ellas el relato de nuestra soledad.

Luego llegaron los aplausos, una escenificación traducida en una especie de histeria colectiva que trataba de limpiar nuestras conciencias. Una solidaridad de plástico que nos justificaba y que, de alguna manera marcaba (un poco) el paso de los días rompiendo el tedio de las horas. Por eso esperábamos a las ocho de la tarde para salir a los balcones y llenar nuestra pequeña comarca de complacencias. Luego, cerrar las ventanas y en el calor de las manos enrojecidas creernos mejores, haber vivido la penitencia por nuestros pecados, olvidar todo y esperar un nuevo día que iba a transcurrir con igual monotonía. Héroes domésticos. Personajes de novela con caballeros andantes rebosantes de una solidaridad llena de artificio. Los muertos, actualizados cada día, se hicieron números en una morbosa progresión que iba generando almohadillas en la memoria. Se iban borrando los rostros y los nombres. Travistiéndose en una cifra con la que machaconamente abrían los diarios. Ninguna otra cosa. Los ataúdes como producto de subasta para las audiencias mientras que los políticos se enzarzaban con regodeo en guerras dialécticas que todos sentían como triunfos que aplastaban al otro. Victorias pírricas que sólo dejaban decepción en los campos de batalla. Sus palabras aplastaban más a los muertos y los hundían más profundamente en la tierra. Asco, mucho asco.

Por ahí surge la pregunta de si nos hicimos mejores. Tengo mis grandes dudas porque el olvido tiene unos brazos inmensos que llegan lejos y lo abarcan todo. Por eso olvidaremos y cuando todo pase volveremos a nuestras rutinas, planes nuevos y nuevas quimeras que nos alejarán de las cosas verdaderas.

No sé cómo este tiempo quedará escrito en los libros de historia que estudien nuestros nietos. Si algo sugerido entre líneas quedará en ellos que transforme cosas. No puedo saberlo, pero tengo la sensación de que todo será igual. Cambiarán los vestidos de las nuevas realidades, pero el fondo del equipaje seguirá siendo el mismo. La lucha por el poder le hará sombra al humanismo, el capitalismo brutal aplastará al socialismo y las buenas intenciones quedarán escritas con una tinta demasiado endeble para que perdure y el tiempo pronto borrará sus rasgos hasta hacerlos ilegibles.

El encuentro

© Santiago Torralba

Su despertar es siempre una estancia iluminada por un hálito de esperanza. Por eso cada día, tras doblar cualquier esquina, tras cruzar cualquier calle, tras el reflejo de cualquier cristal, espera encontrar su rostro y escuchar su voz. Ese talismán que permanece soldado a su memoria como una aleación fraguada por el dios Hefesto: imposible romperla. La certeza de su presencia. La sombra que nunca se independiza.

Es una espera perenne que se prolonga hasta unos límites tan insondables como irreales, pero algo inasible que llega desde algún lugar, hace que al cerrar la puerta de la casa se prepare para la sorpresa. Por eso emprende una búsqueda chamánica abrazando la certeza de saber que hoy va a ser, por fin, el día del encuentro. El que seguirá haciendo posible la vida.

Ocupa las calles a la búsqueda de una nada siempre presente. La alquimia de su mirada, su forma de nombrar las palabras como si fueran permanente canción y sobre todo ese olor suyo que reaparece de vez en cuando y que hace posible que un poder mágico llegado de algún conjuro, convierta los pretéritos en presentes absolutos. Todo tan palpable como si fuera ayer ese último día que pudo entretenerse en un roce en sus labios y acompasar su andar. Luego quedó una distancia insalvable y un sinfín de misterios encuadrando todos los recuerdos. Como la música que nace en los amaneceres, la vieja postal con el grabado de un dios tocando la lira en un rincón de la mesa o el pequeño ídolo de barro que descansa impasible junto a una pila de libros en idiomas extranjeros que han quedado olvidados: incomprensibles pero pertenecientes a esa lista de objetos que dan forma cierta a capítulos almacenados en todos los rincones. Y en el centro de todo, a la manera de un tabernáculo sagrado, esa fotografía que acerca su cuerpo a su mirada por encima de todo.

Preguntas sin respuesta que se fueron quedando en los armarios habitados ahora por perchas vacías. Silencios largos como ecos llegados desde lugares inhóspitos.

En la casa todo permanece a la espera. Las ventanas abiertas, las plantas húmedas y las sábanas limpias. La pantalla del ordenador siempre encendida iluminando la ausencia, aguardando ese estúpido sonido que anuncie un mensaje llegado de algún lugar del universo. Un rectángulo en blanco y en una quietud persistente que provoca un ir y venir de incertidumbres rozando el dolor. Un resplandor paciente. Un deslumbramiento.

Es la rutina cotidiana a la espera de que la noche acerque por fin el descanso y el sueño sea el narcótico reparador en el que sustentar el desasosiego. Una tregua para renacer en otro despertar y el comienzo de una nueva búsqueda por las calles.