Ciudades (prisiones) de aire

Origen: Ciudades (prisiones) de aire

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Ciudades (prisiones) de aire

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© Santiago Torralba

Hay libros que desde las primeras páginas se convierten en necesarios. Por lo certero, por lo oportuno y porque contienen las palabras exactas que uno mismo hubiera deseado escribir si hubiera tenido similar clarividencia. Las Ciudades de Aire de Antonio Fernández Vicente, compañero de Facultad, es sin duda uno de ellos.

Invadidos (¿anulados?) por la dependencia de los teléfonos móviles, de las redes sociales e Internet y las consecuencias que esa peligrosa combinación conlleva de frivolidad, superficialidad y dependencia, es grato encontrar voces que se revelan desde la disonancia contra estas nuevas dictaduras que dirigen y embrutecen mientras que manejan, no ya millones y millones de dólares, sino lo que es más preocupante, el poder más absoluto y el dominio de las conciencias.

Ya no son las grandes compañías petroleras ni los grandes bancos los que manejan los hilos: ahora son las nuevas empresas en las que la ¿comunicación? es su arma de batalla: Apple, Amazon, Google… las que poseen los resortes del mundo y las que  ejercen autoridad total (y dependencia) en las personas que lo habitan. Paradójicamente, esos objetivos de comunicación iniciales tienen hoy como consecuencia directa el aislamiento y el aborregamiento que, como si de un rebaño se tratara, se conduce cabizbajo sin más horizontes que las órdenes del Gran Hermano. En este sentido, son obligadas las referencias al 1984 de Orwell donde el individuo asiste a su propia destrucción en favor de la comunidad artificial que habita, bienpensante y sumiso protegido, eso sí, por la siempre alerta Policía del Pensamiento.

Por eso y por bastantes cosas más, las Ciudades de Aire de Antonio Fernández son un territorio necesario a través del que es posible levantar la voz y dejar un testimonio de rebeldía y de desobediencia a las leyes que marcan los dueños del mundo que poco a a poco van agrandando su abrazo y acogiendo en su malévolo regazo a gran parte de la humanidad.

Pues eso: imprescindible.

 

 

Ascensiones y cunetas

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Ascensión Mendieta tiene 91 años y acaba de recuperar el cuerpo de su padre fusilado por la dictadura franquista en 1939. Su terrible delito, ser de la UGT, sindicato (entonces) socialista.

Ascensión tiene el pelo blanco y un brillo en los ojos de esos que encierran vida y que destilan una atracción irresistible hacia la bondad absoluta. Una mirada en la que mirarse y dejar que su historia sea cada vez más cercana hasta convertirse en algo propio. Una historia de dolor y de impotencia, como tantas. La he escuchado en muchas ocasiones antes de ahora, resuelta y decidida en la búsqueda de los restos de su padre que convirtió en el motor de su vida a lo largo los últimos años. Cuando oigo a nostálgicos del franquismo y tantos políticos miembros muchos del Partido Popular (que viene a ser lo mismo), profanar el concepto de Memoria Histórica y escuchar de sus labios palabras como revancha, odio, desquite, rencor… pienso en Ascensión y acudo a su rostro para contemplarlo. Desde la más absoluta generosidad (que no se merecen los blasfemos) y concediéndoles, a pesar de todo, el beneficio de la duda, busco en la mirada de Ascensión y medito su testimonio, para encontrar algún atisbo, algún detalle que haga posible que actitudes como las que nombran esos desalmados para impedir que se siga buscando en las cunetas, se representen en ella y en lo que supone su determinación.

Después de Camboya, España es el país con más desaparecidos. No obstante, desde el gobierno (el de ahora del PP y los de antes del PSOE) se sigue manteniendo con dinero público (el que no está disponible para las inhumaciones), Valles de los Caídos, Fundaciones Francisco Franco y diversas organizaciones empeñadas en perpetuar per saecula saeculorun la memoria uno de los dictadores más sanguinarios de los últimos tiempos.

Cuando a Ascensión le confirman que los restos hallados son los que busca con afán, llora y afirma que por fin puede morir tranquila y que sus restos podrán descansar ya junto con los de su padre. Han sido muchos años de búsqueda y de frustraciones y la mediación porfiada de una jueza argentina, María Servini de Cubría.

A todos esos miembros del Gobierno y de otros partidos, quisiera preguntarles en qué parte de las lágrimas de Ascensión, pueden leerse los sentimientos de odio y rencor que arguyen machaconamente para impedir que tantas y tantas Ascensiones encuentren los restos de los familiares asesinados y  miserablemente olvidados en cunetas.

Y sin embargo se mueve

 

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© Santiago Torralba

La renuncia no formaba parte de un reto. En un principio, la cuestión me parecía tan baladí, tan sin sal, que ni siquiera merecía el honor del reto. Por no ser, no era ni siquiera renuncia. Simple y llanamente era una cuestión de falta de interés: no era algo que necesitaba.

El fenómeno se fue propagando en forma de epidemia. En realidad, de pandemia, porque los límites de su imperio empezaron a hacerse más y más invisibles. Como tantas cosas que nos han ido colonizando en los últimos tiempos, las fronteras, construidas de papel cebolla, no están preparadas para resistir los ímpetus de las modas y de las marcas.

Así su uso dejó ser de una herramienta más, para convertirse en algo absolutamente necesario. Masivo. Vaya, imprescindible. De pronto, después de miles de años años de historia, en unos pocos meses su uso se hizo tan obligatorio como respirar. Hasta tal punto que aquellos que nos habíamos quedado al margen, en la resistencia, comenzamos a ser considerados por el resto de la humanidad como bichos raros. Las caras y las expresiones de sorpresa primero y de incomprensión después, al comprobar que unos pocos (una insignificante minoría no peligrosa), no estábamos enganchados al sistema se multiplicaban exponencialmente.

El tiempo (poco) fue pasando. Tampoco voy a decir que somos perseguidos por la ley (por el momento), pero parece como que quedáramos relegados al progreso, alejados de la civilización. Inexistentes. La inquisición condenaba a los pecadores a llevar sambenitos; caperuzas y túnicas estampadas con colores vivos para que no pasaran desapercibidos. Grandes cruces rojas a la espalda marcando públicamente su culpa: esa era su condena: el escarnio, el exilio interior y la vergüenza. Los leprosos confinados en territorios remotos y prohibidos. Endemoniados.

Vale, vale, de momento no hemos llegado a esos límites, pero quién sabe. La vida va tan deprisa que cualquier día esta pequeña tribu en vías de extinción de la que formo parte, seremos obligados a reconocer públicamente nuestras faltas. Desconozco los estigmas o la forma como seremos marcados. Prefiero no pensar en la cuestión ni, por si acaso dar ideas.

Galileo ante la amenaza de tortura, renegó de sus teorías acerca de la rotación de la tierra. Tras su condena, se quedó más ancho que largo diciendo: Eppur si muove (y sin embargo se mueve).

Ese es nuestro pequeño héroe: el espejo en el que nos miramos los que, a día de hoy, no tenemos wassap y seguimos sobreviviendo y afirmando que está científicamente demostrado no sólo que se puede vivir sin él, sino que en su ausencia la vida es mucho más placentera.