El Almagro de Manuel Ruiz Toribio

© Santiago Torralba

Hay muchas formas de hacer poesía. A mí me interesan dos: las que usan las palabras y las que hacen de las imágenes su voz y su grito. Con ellas se puede transitar por caminos distintos y distantes, aunque al final confluyan en el mismo lugar que no es otro que el territorio de uno mismo.

De un lado, rimas perfectas, endecasílabos medidos geométricamente, consonancias matemáticas… o lo que viene a ser lo mismo, fotos maravillosas, luces medidas de fotómetro, compensadas, luminosas… perfectas y dignas de cualquier expositor de postales: deslumbrantes. Con unas y con otras se cierra el libro y se pasa página. Es el esplendor del momento fugaz. El relámpago que precede al trueno que impresiona y que desaparece al instante. De él no queda ni el recuerdo más allá del sobresalto automático que produjo.

Luego, un poco más allá (seguramente un poco más acá) están las otras maneras de relatar la vida y de contar historias. Las otras formas de desnudarse ante el mundo y acompasar el grito más íntimo. La rima ausente, innecesaria, la palabra que en sí misma es un compendio de sensaciones y que no necesita de la aritmética. Lo imperfecto, lo infinito que no puede medirse porque su propia dimensión es inconmensurable. Es cuando también aparecen las imágenes imperfectas: los claroscuros, las penumbras, el movimiento de las gentes que rompe reglas. Es lo aparentemente fallido, el descarte que queda más allá de lo universalmente correcto y que lanza los brazos informes al aire y que te atrapa sin remedio. Es tal vez lo contradictorio, que viene a ser lo mismo que el devenir del ser humano en toda su extensión y donde el inconsciente y el instinto se hacen norma necesaria. Lo irrepetible. Lo vulgar en apariencia, pero donde se encierra la auténtica verdad: el auténtico espejo en el que mirarse. Todo queda en la memoria conquistando recovecos y trincheras. El desnudo que nada esconde. Un sinfín de sensaciones que desde la mirada recorren el cuerpo y se quedan. El punctum de Barthes que como pocas veces se hace un todo.

Algo parecido a todo esto es el trabajo de Manolo Ruiz Toribio en su deambular por un Almagro (como metáfora del mundo en toda su extensión) que habita territorios alejados y ajenos a los estereotipos y a las convenciones. Es el Almagro que no tiene cabida en las oficinas de turismo y en el que sin embargo se miran todas las gentes anónimas que transitan sus calles y que una vez al año se contagian sin remedio de la magia del teatro entonando ditirambos y haciendo suyas sus intrigas. También sus anhelos.

Otra vez. Otra vez, Manolo metiendo el dedo en la llaga, haciendo memoria necesaria y conquistando espacios que se hacen perennes en la mirada. La fotografía como relato poético en su estado más puro.

Vicente Tusón

© Santiago Torralba

Hace relativamente poco, la locutora de un programa de radio (Àngels Barceló concretamente) preguntaba a sus oyentes qué libro les había cambiado la vida y animaba a su participación. No es mi costumbre y, naturalmente, en ningún momento pensé en llamar a la emisora para dar mi opinión, pero de inmediato me puse a pensar. Los libros se sitúan en los días de mi vida al mismo nivel que la respiración, es decir, necesarios e imprescindibles y destacar uno (dos, tres, cuatro…) dentro de ese catálogo de títulos escritores/as que han ido sucediéndose (acompañándome) a lo largo de todas las estaciones resulta poco menos que imposible. Para bien o para mal, soy lo que soy gracias a ellos.

Pero la pregunta contenía en el fondo una respuesta que un poco, a la manera de circunloquio, era evidente: no fue un libro: fue un profesor lo que hizo que mi vida cambiase.  Efectivamente, hubo un profesor de literatura en aquel antiguo COU que hizo que mi vida tomase un rumbo definitivo. Un cimiento, un empezar un camino del que ya no quise nunca salirme. Ni siquiera apartarme. Su nombre: Vicente Tusón. Su imagen circunspecta sosteniendo su pipa (entonces se fumaba en clase), sus gafas de pasta negra, su rictus… emocionándose con las palabras de Machado, permanece soldada en la memoria como si fuera el inmediato instante anterior.

Las ascuas de un crepúsculo morado / detrás del negro cipresal humean… / En la glorieta en sombra está la fuente / con su alado y desnudo Amor de piedra, / que sueña mudo. En la marmórea taza / reposa el agua muerta.

En marzo de 1999 y ante la imposibilidad de detener la enfermedad que anulaba su conocimiento y su persona, decidió poner fin a su vida. Hasta esos límites llegaba su coherencia. Hasta ese inusitado rango de dignidad, mi admiración y me deuda perenne.

Mi historia ha sido, sin duda, un antes y un después de aquellas clases magistrales en el instituto Alfonso VIII donde la literatura y los poemas hechos canción por cantautores (algunos prohibidos) conquistaban las paredes del aula. Un punto de inflexión del que surgieron los libros y con ellos toda esa infinitez de mundos por los que adentrarse y esa inmensa cantidad de puertas abiertas al descubrimiento. Aquellas clases supusieron el germen de un entorno que pasó a conformar mi paisaje. Una comarca (la de las cosas) sin límites ni fronteras donde caben nombres, personajes, amores y desamores, poemas, dolores, sentimientos… alimentos, en fin, para seguir viviendo.

Siempre vivo en el recuerdo.

Un fragmento de redención

© Santiago Torralba

El camino envuelto en polvo y amenaza de tormenta. Un laberinto de nubes grises luchando entre sí como titanes expulsados del Olimpo. Un poco más allá, tas el recodo, se hace visible el campanario. Con su presencia, el paso y el latido se aceleran como si fueran amantes que se abrazan después de un tiempo de distancias. La vista se entretiene y acude la impaciencia. A cada paso todo va conformándose en su forma primitiva más allá de lo que luego fue recuerdo. Todo se agranda. Todo es más cercano. Todo más vertical.

El hombre sacude sus botas en el poyo y se sienta a descansar en el primer refugio que le ofrecen las calles. En el suelo la lluvia va formando archipiélagos de islas diminutas mudados en paisajes mojados al instante. Continentes bautizados. Las campanas de la iglesia comienzan a tañer. El golpe de badajo en el bronce es como una llamada que hubiera estado esperando mil vidas; un sonido rescatado en el tiempo que recorre sus venas y que hace que todo el cuerpo se agite. Pasan por delante vidas y nombres apenas recordados; olores y rostros desfigurados al cabo de las estaciones. Sin embargo, reconoce las fronteras de esa comarca que lo acoge.

Unos minutos que se superponen. Se levanta y acude al encuentro de algo que no logra nombrar pero que sabe con certeza que forma parte de su cuerpo. Su caminar es dolorosamente lento como si cada paso supusiera un esfuerzo de mil años. Una prehistoria. Un universo.

Al llegar a las puertas de la que fue su casa se detiene. Es un instante. El tiempo fragmentado se prolonga hasta lo inasible. Entrar o dar la vuelta, rehacer el camino y olvidar la memoria. Los relojes detenidos en la espera. Una mano acaricia los bordes de una vieja llave. Un pasado resumido en un breve relieve de hierro donde cada diente es la presencia de una antigua existencia.

El hombre acaricia la cerradura con la yema de los dedos. Al abrir la puerta el zaguán se ensancha ante su vista. Levanta la persiana, la luz se derrama y una visión pretérita se le viene encima en una sucesión de relámpagos con forma de nombres dormidos.

Otro silencio. Un fragmento de redención.

Luego, el descanso.

Retorno

© Santiago torralba

Volver a los sitios donde la vida se travistió de ausencias no es ahondar en el llanto ni echar sal en las heridas viejas que no cicatrizaron; es más bien empezar a transitar el camino del adiós necesario. Por eso la necesidad del regreso bajo cualquier geografía o en cualquier idioma. Allanar el destierro que se cuela sin permiso como un ladrón cuando los nombres se confunden en un laberinto de signos ilegibles: como si fueran alfabetos nunca descifrados. Nunca comprendidos.  Desconocidos e invariables. Contradictorios e insistentes. Disonancias en un silencio siempre eterno. Eco callado que resuena y resuena confundiendo. Absorbiendo realidades. Aislando.

Los fantasmas transitan los mismos caminos y recitan los mismos ayes como salmodias. Todo es entonces como ese desgarro que no logra desprenderse y que se arrastra como si fuera parte corpórea: indivisible. Derviches blancos que giran perennes sobre sí mismos hasta que, en el éxtasis, se disipa el peso de los cuerpos poseídos y ausentes huyendo de la gravedad que los sostiene: Sísifo desesperado que nunca logra alcanzar la cima y descansar. Siempre arriba. Arriba siempre penando hacia la cumbre; desfalleciendo a cada paso y obligado a seguir la senda hermética de su eterna condena que no sabe de calendarios. Absurdo. Inútil. Necio. También real como la circulación de la sangre por las venas o la redondez de la tierra, el vuelo de las águilas o la propia muerte. Tanto como la presencia del pasado que habita todos los rincones y que se confabula en las noches de lluvia cuando todos duermen.

Hallar refugio en estos lugares en los que la vida se detuvo. Una trinchera. Se fueron cargando el hato en el hombro con lo imprescindible. Soñando quimeras y sin mirar atrás. Sin la tentación del regreso sabiendo que cualquier indecisión era suficiente para la renuncia. Orfeo abandonando a Eurídice en el inframundo sólo por volver la cabeza y contemplarla.

Siguieron sucediéndose las estaciones enmoheciendo piedras, destruyendo dinteles y agostando la tierra atropelladamente. Verdeando ventanas. Arrancando los quicios de todas las puertas para dejar que los vientos fueran conquistando las estancias. Territorios que nunca le pertenecieron al aire. Territorios propios. Territorios íntimos. Territorios prohibidos al mundo. Algo así como la metáfora de la muerte. Del desasosiego al menos.

Los pueblos abandonados tienen algo insondable que transmite un magnetismo irresistible. El tiempo mudado en abandono y la vida en perpetuo paréntesis. Olvidada; haciéndose imagen de permanente ausencia. Hay en ellos olor a tristeza contenida. Espacios infantiles de juegos, sillas de anea revestidas con voces ancianas en los atardeceres. Secretos. Rumores. Calles rotas, antes vivas, que ahora ya no conducen a ningún sitio y aleros en permanente orfandad. Los escaramujos y las zarzas conquistando en negro y rojo un territorio, antes extranjero, que no debió de pertenecerles nunca. Universos, todos, desfigurados hasta convertirse en un vago recuerdo de lo que fueron en otro tiempo.

Luego se descubre la complicidad del silencio como único habitante que se resistió a la marcha o tal vez, como nuevo inquilino que también se apoderó del sitio ajeno. Polizón. Convidado de piedra. Como el aire mismo. Los muros rendidos en una tragicomedia a la manera de representación de la vida misma. Los lamentos se agitan por las esquinas de las casas declamando historias viejas, desenterrando voces y melodías que van conformando una triste canción que tiene el sabor de lo perdido. Disfrazan su presencia, pero no desaparecen como si reclamaran con jactancia su presencia en el olvido. Tal vez sea por eso por lo que abducen con tanta insistencia y por lo que su geografía se queda prendida en la memoria, adherida a la piel como recuerdos propios, esos que se quedaron a la espera, como los libros que habitan las bibliotecas a la espera del renacer.

Viajar solo por carreteras secundarias. Sin mapas. Una libreta en blanco en el bolsillo como único equipaje del deseo mezclado con el correspondiente pedazo de inquietud; todo, disimulado en el envoltorio de la quimera y con esa incierta energía que provoca la emoción. Con el sabor espeso de la sorpresa y con la confianza segura del ir al encuentro de lugares en los que poder reconocer nombres. O sombras que resistieron. Un reflejo en el que poder mirarse, aunque en él se dibuje el esperpento de los espejos de Valle en el Rincón del Gato. Grotesco. Un poco al menos.

Escapar y alejarse de la negritud del asfalto. Eligiendo la tierra y los barbechos. Arrancando el polvo a los surcos. Enredándose en rastrojos. Cobijarse en el deseo de algo aún sin nombre. Descubrir los tejados ajados mimetizados con el paisaje en la distancia. Inmensos imanes con el poder y la atracción irresistible del pecado. El miedo al escuchar los ladridos de los perros que ni esperan ni apetecen la compañía de los extraños cuando traspasan sus territorios.

Luego hacerse cómplice de ese mismo tiempo detenido y no dejar que la prisa enturbie el instante de detenerse en la mirada. Llega el inmediato momento del reposo. El de la huella perenne. Paréntesis. La realidad capturada. Aprehendida. Hecha vida de nuevo. Reconocida la geografía propia tomando la forma de la ruina o de las malas hierbas trepando por todas las piedras. El desierto infinito que se extiende tras las ventanas desgajadas de su marco. La soledad. El silencio. El silencio. El silencio.  Volver a revivir y poner de nuevo nombres a las cosas. Educar la memoria y dejarse llevar para iniciar luego el camino del retorno.

Miguel Ángel Mosset

© Santiago Torralba

Se marchó Miguel Ángel Mosset. Por eso el desconsuelo y unas precipitadas palabras que deja el desaliento.

Una nueva orfandad.

Más lágrimas para derramar al dar la vuelta cuando nadie mire,

 tras cerrar la puerta de la casa y clausurar ventanas

porque el llanto es íntimo y ha de hacerse en silencio y soledad

(como si fuera un destierro).

Más ausencias repentinas para golpear las paredes hasta

que la sangre brote y el rojo las confunda

(como se quedó de turbio el corazón con la noticia).

Luego un grito para vomitar la injusticia de

la muerte que interrumpe a deshoras,

 antes de tiempo y cuando no le corresponde.

Porque no era tu tiempo todavía dejando como dejas

tantos bocetos,

tantos lienzos en blanco a la espera del trazo,

tantos proyectos en la mesa de trabajo,

tantos sueños,

tantos besos que dar a los que hasta ayer te acompañaban

compartiendo la alcoba y la mesa.

(Javi, con la permanente compañía de la sonrisa

encendiendo las calles).

Cómo no explotar de rabia y de dolor

al saber la certeza del adiós que no aceptamos

por eso el lamento y la pena y la rabia y la blasfemia y

las palabras escritas con prisa y sin aliento.

Por eso el infinito desconsuelo y el saber con certeza,

 que mañana, Miguel, vamos a amanecer huérfanos de color y de sonrisas.

Más lágrimas para derramar al dar la vuelta cuando nadie mire,

 tras cerrar la puerta de la casa y clausurar ventanas

porque el llanto es íntimo y ha de hacerse en silencio y soledad

(como si fuera un destierro).

Más ausencias repentinas para golpear las paredes hasta

que la sangre brote y el rojo las confunda

(como se quedó de turbio el corazón con la noticia).

Luego un grito para vomitar la injusticia de

la muerte que interrumpe a deshoras,

 antes de tiempo y cuando no le corresponde.

Porque no era tu tiempo todavía dejando como dejas

tantos bocetos,

tantos lienzos en blanco a la espera del trazo,

tantos proyectos en la mesa de trabajo,

tantos sueños,

tantos besos que dar a los que hasta ayer te acompañaban

compartiendo la alcoba y la mesa.

(Javi, con la permanente compañía de la sonrisa

encendiendo las calles).

Cómo no explotar de rabia y de dolor

al saber la certeza del adiós que no aceptamos

por eso el lamento y la pena y la rabia y la blasfemia y

las palabras escritas con prisa y sin aliento.

Por eso el infinito desconsuelo y el saber con certeza,

 que mañana, Miguel, vamos a amanecer huérfanos de color y de sonrisas.

El viajero

© Santiago Torralba

Coincide con él cada día. El mismo metro a la misma hora en el mismo vagón, la misma estación de partida y la misma de destino. A esa hora temprana todavía es escasa la gente que trasiega por los andenes; por eso todo es más nítido y el tiempo y el espacio casi vacío son aliados para que ella construya una y mil semblanzas del que ya casi se ha convertido en su compañero de viaje.

Lo mira de soslayo y no puede dejar de moldear fantasías, construir cuentos, imaginar cosas. Él siempre de pie, sujeto a la barra y pegado al periódico, apenas si levanta la vista del papel, pero el recorrido es largo y de vez en cuando una mirada se le escapa y se cruza con la suya. Entonces, un pequeño sobresalto, un acelerón del latido, un sudor en las manos, un arrebato de pudor.

Alguna vez se atreve a seguirlo más allá de la salida del metro. Con dificultad porque apenas si es capaz de seguir su paso acelerado; con disimulo porque sólo pensar que él pueda volver la cabeza en un momento y reconocerla le aterra. Comprueba que penetra en un gran edificio blanco de oficinas y cómo su figura se pierde definitivamente confundida entre un rimero de personas soñolientas. Vuelve sobre sus pasos y recompone su fantasía hasta el día siguiente que volverán a encontrarse.

Cada mañana se viste para él. La decisión se prolonga porque no acaba de sentirse satisfecha. Quiere que su ropa hable de ella y su figura sea más atractiva que los titulares del periódico, pero le cuesta encontrar el punto entre la seducción y el descuido. Por eso unos días se atreve con una falda muy corta y una blusa transparente; otros, oculta su rostro detrás de unas gafas oscuras y de un libro que finge leer con la intención de hacerse, sentirse al menos, invisible. Hay días que aguarda medio escondida en cualquier rincón de la calle a que él acuda y baje las escaleras hasta el andén. Entonces se confunde entre todos hasta procurarse un lugar privilegiado donde pueda observarlo.

También hay alguna mañana que espera y espera, pero nadie acude a su consuelo. Página en blanco. Es como si la ciudad se hubiera vaciado de repente. Deja que pasen varios trenes y permanece inmóvil sentada en un banco del andén. Un hálito de esperanza. Al cabo de un tiempo indefinido decide marchar. En el retorno a la calle se le abalanza el color gris de la soledad, siente que la ciudad se distorsiona y aunque haga esfuerzos para recomponerse sabe con seguridad que ese no será un buen día.

Este mar al final de los espejos

© Santiago Torralba

Llegó a casa y con él la impaciencia de los nuevos títulos. Envuelto en la sorpresa, en el ansia de encontrar nuevas palabras en las que mirarse y encontrar territorios propios (los espejos tantas veces nombrados en noches de quimeras como declinaciones a la búsqueda de abrigo).  Y como suele suceder con los presagios, palabras, espejismos, quimeras… todo fueron paisajes conocidos.

Cada libro encontrado es un reto. Hay veces que desde la cubierta exhalan un grito que los hace necesarios reclamando su presencia en las manos. Sólo sucede cuando acudes despierto a la búsqueda de complicidades; cuando traspasas el dintel con las manos abiertas a la espera del encuentro, primero desconocido y luego como un hermano que despierta del sueño y acude a completar el abrazo.

… Si pudiera volver a decirte

que el mar está vacío sin tu cuerpo.

Este mar al final de los espejos tiene el lugar reservado para habitar la casa en el orden alfabético que le corresponde: a un lado José Manuel Caballero Bonald; al otro, Luis Cernuda, compañeros también imprescindibles que van a arropar los poemas de Marina Casado.

La noticia

© Santiago Torralba

Después de tanto tiempo de ausencia supo de él por los periódicos. Era sólo una reseña escueta y unas iniciales casi anónimas, pero los detalles del suceso no dejaban margen para el error. Además, había algo en esa noticia que había logrado punzarle en el estómago como una descarga. Demasiados detalles, demasiadas descripciones, demasiados datos aprendidos. Por eso las letras habían saltado del papel en un sobresalto y se habían instalado desde el primer momento en su memoria sin darle tiempo a reaccionar. Primero fue una sensación parecida al estupor que se fue transformando en tristeza a medida que los recuerdos se iban confundiendo con el gris del papel.

Las calles se transformaron entonces en inmensos laberintos imposibles por los que sólo circulaba el silencio. Callaron las sirenas de las ambulancias y los semáforos enloquecieron.

La mujer caminaba ausente mientras que la mirada se perdía en un pretérito que no lograba retener a pesar de los esfuerzos inauditos para recomponerlo. Recorrió todas las avenidas hasta la extenuación, pero ni siquiera el cansancio logró devolverle la realidad que se había precipitado en un instante. Hubiera deseado llorar, sabiendo que las lágrimas acudirían a ella en forma de consuelo, pero eran tantas las cosas que revoloteaban por su cuerpo y tan confusas que ni siquiera el llanto hallaba el hueco necesario para sobrevivir.

Con la hoja de periódico en la mano hecha un ovillo caminó despacio recorriendo calles ajenas. Sin rumbo, sin destino que arrebatara el recuerdo. Como si un sueño profundo se hubiera apoderado de todos sus sentidos transformándolo todo a su paso.

Cuando el cansancio fue una realidad cierta pensó que tal vez no acabó de entender nunca aquellos silencios que hicieron posible la distancia y vistieron los gestos con el ropaje de lo extraño.

Hubieran sido necesarias las palabras.

La indolencia

© Santiago Torralba

El hombre cruza la calle con una indolencia inusitada Tan pesado es su caminar que provoca algo parecido al dolor. No hay semáforos, ni sirenas que distraigan su paso automático: un camino inhóspito que rodea un precipicio. Los brazos le cuelgan a lo largo del cuerpo como si fuera un pelele abandonado. Roto. Desgajado. Inerte. Marioneta con hilos a punto de romperse.

Embriagada su vista, deambula envuelto en una parsimonia gris siguiendo una línea matemáticamente recta que no llega a ningún sitio. Se sienta luego en un banco y abre un libro que sólo contiene páginas en blanco desgastadas por los bordes de tanto pasarlas. Parece que lee concentrado porque su mirada es penetrante, pero allí no hay signos que formen palabras ni números que indiquen la secuencia de las hojas. Una a una las pasa mientras que permanece ensimismado en la nada que sostiene entre las manos. Pasado un tiempo indefinido se levanta y lo deja caer en la primera papelera que se encuentra. Ni siquiera lo mira ajeno a su abandono. Es como una renuncia, un cierre de trinchera que no se clausura por tregua sino por derrota. Sigue caminando cada vez más despacio hasta que en la distancia se hace pequeño, mínimo. Luego invisible.

En unos instantes llega desde lejos el chirriar de ruedas en el asfalto, el estruendo de las bocinas y los gritos de la gente.

Segundo naufragio

© Santiago Torralba

A veces los naufragios dejan cosas en las playas. También en las vidas cuando los sentidos se disponen a la búsqueda.  A partir de ese segundo encuentro se genera para ellas una nueva historia. Se trata de una recreación de lo que ya no es, en el sentido en el que fue creado, pero desde la que se inicia un nuevo viaje donde la sorpresa vuelve a instalarse y en el que no se sabe demasiado bien cuál es el destino. Esto es lo que pasó con esta obra a raíz de una intervención en un piano antiguo y desvencijado que yo tengo en casa y que le ofrecí al gran músico Eduardo Polonio para que pusiera en marcha todos sus recursos e iniciase una nueva creación basada en su sonido roto. A partir de ahí, después, o paralelamente, yo le puse imágenes y la suma de intenciones es lo que conforma esta pieza que dimos en llamar Segundo naufragio. Este trabajo se estrenó hace dos años en la Fundación de la SGAE de Madrid.

Eduardo y yo llevamos muchos años colaborando y creando sensaciones desde la complicidad que nos proporciona ese cóctel lleno de magia que es la música y la imagen. Es, al menos, lo que pretendemos en cada una de nuestras intervenciones (que ya han sido unas cuantas).

 (Si te apetece verlo y escucharlo ahí tienes el enlace. Si además dispones de buen monitor y buen sonido, lo disfrutarás mucho más).